James Blish
1
En todo el óleo
que el mundo había proporcionado para la unción de John Martels, Doctor en
Ciencias, Miembro de la Real Sociedad de Astronomía, etc., había una sola
mosca: algo fallaba en su telescopio.
Martels, de treinta
años de edad y soltero, era a la vez un estadístico y un beneficiario de lo que
sus compatriotas ingleses llamaban amargamente la fuga de cerebros, la
captación de las mejores mentes británicas por los Estados Unidos, que les
ofrecían mayores ingresos, impuestos más bajos y la ausencia aparente de
cualquier sistema clasista. Y él no había encontrado ningún motivo para
criticarlos, ni le remordía la conciencia: sus padres habían muerto, y, en lo
que a él respecta, no le debía nada al Reino Unido.
Desde luego,
las ventajas de vivir en los Estados Unidos no eran tan diáfanas como le habían
sido presentadas, pero él nunca había esperado otra cosa. Tomemos la aparente
ausencia de un sistema clasista, por ejemplo: todo el mundo sabia que los
negros, los Hispanoamericanos y los pobres en general eran objeto de una feroz
discriminación, y que la oposición política de cualquier tipo al establishment
se estaba haciendo cada vez más peligrosa. Pero lo que contaba en lo que a él
respecta era que no se trataba del mismo género de sistema clasista.
Nacido de una
familia de clase obrera en la ciudad indescriptiblemente fea de Doncaster,
Martels se había visto marcado desde el primer momento con un dialecto de la
clase obrera de los Midlands que le excluía de círculos británicos correctos de
un modo tan permanente e irrevocable como si hubiera sido un inmigrante
paquistaní clandestino. Ninguna escuela «pública» había sido económicamente
asequible a sus padres para ayudarle a corregir el horrible sonido de su propia
voz, ni para enseñarle los idiomas clásicos que eran todavía necesarios para
ingresar en Oxford o en Cambridge.
De modo que
había tenido que abrirse paso a codazos a través de uno de los nuevos
politécnicos de ladrillo rojo. Aunque al final obtuvo la más alta calificación
posible en Astrofísica, fue con un acento tan atroz como para negarle la
admisión a cualquier lugar realmente distinguido de Inglaterra.
En los Estados
Unidos, en cambio, los acentos eran considerados como puramente regionales, y
la educación de un hombre no se juzgaba por las inflexiones de su voz, sino por
su gramática, su vocabulario y sus conocimientos reales. Desde luego, a Martels
le preocupaba la condición del negro, del hispanoamericano y del pobre; pero,
dado que no era ninguna de las tres cosas, no se sentía oprimido por ello.
En cuanto a la
actividad política, era algo en lo que Martels ni siquiera podía pensar; aquí
era un extranjero. El solo hecho de enarbolar una pancarta, independientemente
de lo que hubiera escrito en ella, podía hacerle perder su pasaporte.
La situación
monetaria había funcionado casi en el mismo sentido. Aunque aquí había mucho
más dinero a ganar que en Inglaterra, en lugares como Nueva York le desaparecía
a uno casi más aprisa de lo que podía ganarlo; pero Martels no estaba en Nueva
York. Después de una breve pero moderadamente espectacular lectoría como
radio-astrónomo en Jodrell Bank, había sido contratado como Director de
Investigaciones en la materia por una nueva y pujante Universidad del Medio
Oeste americano, donde el dinero era más rentable... y donde, además, los
negros, los hispanoamericanos y los pobres apenas eran visibles. Martels seguía
preocupado por sus problemas, pero el hecho de no tenerlos a la vista
tranquilizaba al menos su conciencia. El vuelo sin motor no era aquí tan bueno
como lo fue en las Children Hills, pero uno no puede tenerlo todo.
Y había
existido un aliciente final: la universidad de Sockette acababa de completar la
construcción de un radiotelescopio de diseño radicalmente nuevo, al lado del
cual sus predecesores parecían tan primitivos como la máquina óptica que
Galileo le había birlado a Hans Lippershey. Su estructura hacía posible montar
un plato más pequeño que el de Jodrell Bank, con un punto focal casi tan grande
y una armazón tubular de un telescopio reflectante de 65 pulgadas. Se
necesitaba una asombrosa cantidad de energía para hacer funcionar el aparato,
pero, al menos en teoría, debía penetrar lo bastante lejos en torno al universo
como para captar el equivalente a la temperatura en la nuca del propio Martels.
A primera
vista, Martels había quedado tan complacido con el armatoste como un padre que
acaba de comprarle a su hijo el primer tren eléctrico. Sólo imaginar los
grandes acontecimientos que podrían ser registrados por aquel instrumento
resultaba maravilloso. Parecía plantear un solo problema.
Hasta entonces,
sólo había logrado captar la estación local de rock-and-roll.
Martels estaba
completamente seguro de que en la teoría no había ningún fallo. El diseño era
lo más perfecto posible. Y lo mismo podía decirse de los circuitos; los había
comprobado repetida e intensivamente. De modo que sólo quedaba la posibilidad
de un fallo en la construcción del telescopio, probablemente algo tan simple
como un larguero descentrado que distorsionaba el campo o la transmisión.
Bueno, había al
menos una cosa a decir en favor de una universidad de ladrillo rojo: no le
enseñaba a uno el griego ni mejoraba su inglés, pero insistía en que sus
físicos fuesen también aceptables mecánicos antes de permitirles graduarse.
Calentando el amplificador, sintonizándolo a medida que avanzaba - una maniobra
que en condiciones normales habría situado el campus de Sockette en el centro
de la Osa Mayor número 2, un racimo de galaxias a quinientos mil millones de
años-luz de distancia -, Martels trepó a lo largo del tubo con el detector de
fuerza del campo en la mano; era demasiado grande para llevarlo en un bolsillo.
Al llegar al
extremó del tubo se paró a descansar unos instantes, atisbando al interior, con
los pies colgando. A continuación tenía que deslizarse lentamente hacia abajo
en espiral, transmitiendo a intervalos a los técnicos las lecturas de
intensidad del campo.
Los
politécnicos de ladrillo rojo insisten en que sus físicos sean también
mecánicos, pero no les preparan para trepar a torres, chimeneas, etc., a fin de
efectuar reparaciones. Martels ni siquiera llevaba casco protector. Posando un
pie en lo que parecía ser un ángulo completamente seguro entre un larguero y
otro, resbaló y cayó de cabeza al interior del tubo.
Ni siquiera
tuvo tiempo para gritar, y mucho menos para oír los gritos de alarma de los
técnicos, ya que perdió el conocimiento mucho antes de chocar contra el fondo.
En realidad, no
llegó a chocar contra el fondo.
Sería posible
explicar de un modo exacto y comprensible lo que le ocurrió a John Martels,
pero hacerlo exigiría varias páginas de expresiones en el metalenguaje
inventado por el doctor Thor Wald, un físico teórico sueco, que por desgracia
no estaba destinado a nacer hasta el año 2060. Baste decir que, gracias al
trabajo chapucero de un desconocido soldador, el radiotelescopio radicalmente
nuevo de la universidad de Sockette tuvo realmente un alcance sin
precedentes... aunque no en la dirección que sus constructores se habían
propuesto, ni podían siquiera haber concebido.
2
- Ennobléceme
con el honor de tu atención, inmortal Qvant.
Nadando hacia
arriba desde la negrura, Martels trató de abrir los ojos y descubrió que no
podía hacerlo. Sin embargo, un momento después comprobó que podía ver. Lo que
vio era tan absolutamente extraño para él que trató de cerrar los ojos, y
descubrió que tampoco podía hacerlo. Parecía estar, de hecho, completamente
paralizado; ni siquiera podía cambiar su campo de visión.
Se pregunte
brevemente si la caída le había roto el cuello. Pero eso no afectaría a su
control de los músculos de sus ojos... ¿O sí? Ni de sus párpados.
Además, no
estaba en un hospital; de esto, al menos, podía estar seguro. Lo que resultaba
visible para él era un amplio y mal iluminado vestíbulo. La escasa claridad
parecía proceder de la luz del sol, aunque ésta no penetraba a raudales, ni
muchísimo menos.
Experimentó la
sensación de que el lugar era mohoso, pero Martels parecía haber perdido el
sentido del olfato. La voz que había escuchado, así como cierto número de
pequeños e inidentificables ecos, le informó de que podía oír, al menos. Trató
de abrir la boca, sin conseguirlo.
Aparentemente,
lo único que podía hacer era captar lo poco que resultaba visible y audible, y
dar un sentido a los hechos que pudieran producirse. ¿Estaba sentado o tendido?
¿Tenía frío o calor? No, aquellos sentidos habían desaparecido también. Pero al
menos no experimentaba ningún dolor..., aunque no podía saber si ello
significaba que el sentido del dolor se había desvanecido también, o que estaba
drogado. Tampoco tenía hambre ni sed: otro ambiguo descubrimiento.
En el suelo del
vestíbulo, dentro de su cono de visión, había cierto número de extraños
artefactos. El hecho de que se encontraran a diversas distancias permitió a
Martels establecer que podía cambiar aún su profundidad focal. Algunos de los
objetos parecían estar más deteriorados que el propio vestíbulo. En algunos
casos el estado de deterioro resultaba imposible de apreciar, debido a que los objetos
parecían ser esculturas o alguna otra clase de obras de arte, representando no
sabía qué... si es que representaban algo, ya que el arte figurativo era algo
pasado de moda para él. Otros, sin embargo, eran evidentemente máquinas; y
aunque en ningún caso pudo sospechar siquiera las funciones a que estaban
destinadas, conocía la corrosión cuando la veía. Aquel material estaba en
desuso desde hacía mucho, muchísimo tiempo.
Pero algo
seguía funcionando. Martels pudo oír unos leves y continuos zumbidos, como el
sonido de una línea de 50 ciclos. Parecía proceder de alguna parte detrás de
él, íntimamente cerca, como si algún barbero espectral estuviera aplicando a la
parte posterior de su cráneo o a su nuca un aparato de masaje destinado a la
cabeza de un mosquito.
No creía que el
lugar, o al menos la cámara en la que parecía encontrarse, fuera
excepcionalmente grande. Si la pared que era visible para él era un lado más
bien que un extremo - lo cual no estaba en condiciones de comprobar - y los
ecos recordados de la voz no le confundían la cámara no podía ser mayor que una
de las galerías centrales de la Alte Pinakothek, digamos la sala de Rubens...
La comparación
resultó reveladora. Se encontraba en algún tipo de museo. Un museo desatendido
y absolutamente impopular, ya que el suelo tenía una espesa capa de polvo y
sólo había unas cuanto huellas de pisadas - y en algunos casos ninguna - cerca
de los objetos expuestos (suponiendo que lo fueran). Las huellas de pisadas,
comprobó Martels sin comprender, eran todas de pies descalzos.
Entonces llegó
de nuevo aquella voz, esta vez con cierto acento quejumbroso. Dijo:
- Inmortal
Qvant, aconséjame, te lo ruego humildemente.
Y, con un
triple shock, Martels se oyó a sí mismo replicar:
- Puedes
introducirte en mi atención, tribual.
La impresión
fue triple porque, en primer lugar, Martels no había tenido la intención ni la
sensación de formular la respuesta ni de pronunciarla. En segundo lugar, la voz
que contestó no era ciertamente la suya; era más profunda y anormalmente estentórea,
aunque casi sin resonancia. Finalmente, el idioma utilizado le era
completamente desconocido, pero parecía entenderlo perfectamente.
Además, mi
nombre no es ni ha sido nunca Qvant. Ni siquiera tengo una inicial intercalada.
Pero no tuvo
tiempo de especular, ya que apareció a la vista, agachado de un modo que
Martels encontró casi rastrero, algo vagamente definible como un ser humano.
Iba desnudo y era de color moreno oscuro, con lo que Martels estimó una mezcla
de herencia y de curtido profundo de la piel. La desnudez le revelaba también
escrupulosamente limpio, con los brazos cortos, las piernas largas y la pelvis
estrecha. Tenía el pelo muy oscuro y rizado como el de un negro, pero sus
facciones eran caucásicas, a excepción del pliegue asiático de los párpados, y
a Martels le recordó un bosquimano de África: una impresión reforzada por su
pequeña estatura. Su expresión, al contrario de su postura, era respetuosa,
casi reverente, pero no asustada.
- ¿Qué quieres
de mí ahora, tribual? - inquirió la nueva voz de Martels.
- Inmortal
Qvant, busco un rito para proteger de los Pájaros nuestras ceremonias de
madurez. Han penetrado el antiguo, ya que este año muchos de nuestros nuevos
jóvenes han perdido sus ojos por ellos, y algunos incluso sus vidas. Mis
antecesores me dicen que un rito semejante era conocido en Renacimiento Tres, y
es mejor que los nuestros, pero no pueden darme los detalles.
- Sí, existe -
dijo la otra voz de Martels -. Y os servirá quizá de dos a cinco años. Pero, al
final, los Pájaros lo penetrarán también. Al final, os veréis obligados a
abandonar las ceremonias.
- ¡Hacer esto
sería rendir también la vida futura!
- Eso es
indudablemente cierto, pero, ¿sería necesariamente una gran rendición?
Necesitáis a vuestros jóvenes aquí y ahora, para cazar, procrear y combatir a
los Pájaros. Tengo vedado todo conocimiento de la vida futura; pero, ¿qué
seguridad puedes tener de que es agradable? ¿Qué satisfacciones pueden quedar
para todas esas almas apiñadas?
De algún modo
indefinible, Martels supo por el tratamiento de Qvant que «Pájaros» se escribía
con mayúscula; no había captado nada de esto en las palabras del peticionario,
cuya expresión se había transformado ahora en otra de sumiso horror. Observó
también que Qvant hablaba al presunto salvaje como alguien dirigiéndose a un
igual en educación, y que el hombre desnudo hablaba del mismo modo. Pero, ¿qué
utilidad tenía la información? Y a propósito, ¿qué era Martels, presumiblemente
un hombre reponiéndose milagrosamente de un grave accidente, en un museo
enmohecido, escuchando una absurda conversación con un «tribual» desnudo que
formulaba cuestiones como un estudiante medieval dirigiéndose a santo Tomás de
Aquino?
- No lo sé,
inmortal Qvant - decía el peticionario -. Pero sin las ceremonias no tendremos
nuevas generaciones de antecesores, y en la vida futura la memoria se desvanece
rápidamente. Al final, ¿quién quedará para aconsejarnos, sino tú mismo?
- ¿Quién, en
realidad?
Por el leve
tono de ironía de su voz, Qvant había pretendido probablemente que la pregunta
fuera retórica, pero en cualquier caso Martels había agotado su paciencia.
Realizando un supremo esfuerzo, logró decir:
- ¿Será alguien
tan amable como para decirme qué diablos está pasando aquí?
La pregunta
surgió, y en su propia voz, aunque sin ninguna sensación física de hablar. Y en
aquel mismo idioma desconocido, también.
Después de que
los ecos se apagaron siguió un momento de completo silencio, durante el cual
Martels experimentó una sensación de shock que estaba convencido de que no era
suya. Luego, el peticionario profirió una exclamación de asombro y echó a
correr.
Esta vez, los
ojos de Martels siguieron, aunque no por su propia volición, al hombre que huía
hasta que desapareció a través de un portal bajo e iluminado por la luz del
sol, más allá del cual había lo que parecía ser un espeso bosque o selva. Sus
cálculos acerca del tamaño y forma del vestíbulo quedaron así confirmados, y
ahora supo también que se encontraba al nivel del suelo. Luego sus ojos
volvieron a la aburrida contemplación de la pared de enfrente y de los
descuidados y desconocidos artefactos.
- ¿Quién eres
tú? - dijo la voz - Qvant -. ¿Y cómo has invadido mi cerebro?
- ¿Tu cerebro?
- Este es mi
cerebro, y yo soy su legitimo ocupante: la valiosa personalidad de un espíritu
superior, embalsamado y atesorado para vida más allá de la vida. Me conservo
así desde el final de Renacimiento Tres, de cuya época estás viendo el museo.
Los hombres Renacimiento Cuatro me consideran como un casi-dios, y obran
cuerdamente al hacerlo así. - La amenaza implícita en aquella última era
inconfundible -. Repito, ¿quién eres y cómo has llegado aquí?
- Me llamo John
Martels, y no tengo la menor idea de cómo he caído aquí. Y nada de lo que he
visto u oído tiene el menor sentido para mí. Me hallaba a un par de segundos de
una muerte segura y luego, súbitamente, me encontré aquí. Es lo único que sé.
- Te aconsejo
que digas la verdad - le advirtió Qvant -. En caso contrario dispondré de ti, y
entonces morirás dentro de un par de segundos... o irás a la vida futura, lo
cual viene a ser lo mismo.
Martels se sintió inclinado a la cautela. A
pesar del hecho de que los dos parecían compartir el mismo cerebro, era
evidente que aquel ser no podía leer la mente de Martels, y tal vez pudiera
obtener alguna ventaja reservándose la escasa información que poseía. Después
de todo, no tenía ninguna garantía de que Qvant no «dispondría» de él de todos
modos, una vez satisfecha la curiosidad del «Casi-dios». Martels dijo, con una
desesperación que no era del todo fingida.
- Ignoro qué es
lo que quieres saber.
- ¿Cuánto
tiempo has estado acechando aquí?
- No lo sé.
- ¿Cuál es tu
primer recuerdo?
- El de mirar
fijamente esa pared.
- ¿Durante
cuánto tiempo? - dijo Qvant implacablemente.
- No lo sé. No
creo haber contado los días. No recuerdo que ocurriera nada, hasta que tu
peticionario habló.
- ¿Y qué has
oído de mis pensamientos durante ese tiempo?
- Nada que
pudiera entender - dijo Martels mostrándose sumamente cuidadoso en no vacilar
después de «nada». Por extraño que faltara encontrarse a sí mismo hablando
aparentemente consigo mismo como una personalidad dual, resultaba todavía más
extraño aprobar que ninguna de las psiques podía leer la mente de la otra... y,
algo sumamente importante, que la suposición de Qvant en sentido contrario no
debía ser rectificada.
- Eso no es
sorprendente. Pero yo capto una anomalía en ti. Tienes la mente de un hombre
joven, pero en torno a ella hay un aura que sugiere paradójicamente que es
incluso más vieja que la mía. ¿A qué Renacimiento perteneces?
- Lo siento,
pero la pregunta carece de significado para mí.
- ¿En que año
naciste, entonces? - dijo Qvant, con visible sorpresa.
- En mil
novecientos cincuenta y cinco.
- Pero, ¿en qué
estilo de computación?
- ¿Estilo?
Tampoco entiendo eso. Nosotros lo llamamos A.D., anno Domini, después del
nacimiento de Cristo. Sin que pueda asegurarse de un modo categórico, nació
unos diecisiete mil años después de que la raza humana inventara la escritura.
Siguió un largo
silencio. Martels se preguntó qué estaba pensando Qvant. Y al mismo tiempo se
preguntó qué estaba pensando él; fuera lo que fuese, no era nada útil. Era una
personalidad extraña en el cerebro de otro ser, y ese otro ser le estaba
diciendo cosas absurdas. Alguien de quien era prisionero, y que también parecía
ser un prisionero, aunque al mismo tiempo pretendía ser una especie de dios, y
Martels había visto que le consultaban como si lo fuera.
- Comprendo -
dijo Qvant súbitamente -. Sin la computadora central no puedo ser exacto, pero
la precisión no parece necesaria en este caso. De acuerdo con tu sistema, el
año actual es el veinticinco mil después de Cristo.
Martels no pudo
encajar esta última impresión. Su mente, re-encarnada de un modo inestable,
estremecida aún por la tremenda impresión de haber escapado de la muerte,
bombardeada con hechos que carecían de significado, ahora bajo una nueva
amenaza de muerte cuya naturaleza no podía llegar a comprender, empezó a
hundirse de nuevo en el abismo.
Y, en el mismo
instante, su mente fue asaltada con una fría y silenciosa ferocidad. Qvant
estaba expulsándole.
Hasta entonces,
nunca había soñado siquiera en la posibilidad de que un hombre fuese expulsado
de su propia mente por otro ser... y ésta no era siquiera su propia mente;
aquí, él era el intruso. No parecía existir ningún medio de resistir, nada a lo
que pudiera aferrarse: incluso si hubiese estado habitando en su propio
cerebro, no hubiera sabido mejor que cualquier otro hombre de su época en qué
parte de su psique residía. Qvant lo sabía, con toda evidencia, y le estaba
presionando con la implacabilidad de un proyectil dirigido; y la terrible
presión era enteramente emocional, sin la menor pista semántica que pudiera
ayudar a Martels a defenderse.
La deteriorada
pared osciló y desapareció. Una vez más, Martels se encontró sin vista y sin
oído. Por puro instinto excavó en... algo... y se agarró a ello, como una
garrapata resistiéndose a ser expulsada del lomo de un chacal.
La terrible
presión siguió en aumento. Al final no le quedó nada a qué agarrarse que no
fuera un pensamiento, un solo pensamiento:
Yo soy yo. Yo
soy yo. Yo soy yo.
Y entonces,
lenta, milagrosamente, el ataque empezó a remitir. Como antes, primero volvió
el sonido, los leves y ambiguos ecos del museo; y luego, la vista, la visión de
la misma extensión de pared y suelo, los mismos extraños artefactos de algún
lejano pasado en el futuro más lejano de Martels.
- Parece ser que no puedo librarme de ti,
todavía - dijo Qvant. El tono de su voz amplificada parecía oscilar entre la
rabia y la diversión -. Muy bien, conversaremos tú y yo. Será un cambio,
después de tanto tiempo de servir de oráculo a los tribuales. Pero, tarde o
temprano, Martels-del-pasado, tarde o temprano te expulsaré, y entonces
conocerás la cosa más importante que yo desconozco: cómo es la vida futura.
Tarde o temprano, Martels..., tarde o temprano...
Martels se dio
cuenta a tiempo de que las repeticiones eran el hipnótico preludio de un nuevo
ataque. Excavando en lo que antes le había salvado, aquel substrato desconocido
de la. parte de esta mente conjunta que le pertenecía sólo a él, dijo con la
misma frialdad:
- Es posible.
Tú tienes mucho que enseñarme, si quieres, y yo escucharé. Y tal vez también yo
pueda enseñarte algo a ti. Pero creo que también puedo hacer que te sientas
sumamente incómodo, Qvant. Acabas de mostrarme dos modos distintos de
conseguirlo. De manera que será mejor que cuides tus modales y grabes en tu
cerebro la idea de que, sea lo que fuere lo que los tribuales ven en ti, para
mí estás muy lejos de ser un dios.
Por toda
respuesta, Qvant se limitó a impedir que Martels pronunciara otra palabra.
Lentamente, el sol se ocultó, y las formas del vestíbulo quedaron sumidas en
una oscuridad contra la cual Martels ni siquiera pudo cerrar unos ojos que no
eran suyos.
3
Martels estaba
vivo, todavía, lo cual era algo muy de agradecer, aunque distaba mucho de ser
una victoria. Qvant no había podido expulsarle - todavía no -, pero Martels no
tenía ningún control sobre sus ojos, salvo el mínimo de cambiar la profundidad
focal; y al parecer tampoco Qvant podía cerrar los ojos, o no se molestaba en
hacerlo. Siempre, excepto cuando el raro peticionario entraba en el museo,
contemplaban aquella misma maldita pared y los objetos dispersos delante de
ella.
Además, Qvant
nunca dormía, y en consecuencia tampoco dormía Martels. Cualquiera que fuese el
mecanismo que mantenía el cerebro en marcha, parecía hacer innecesario el
sueño, lo cual era quizás una suerte, dado que Martels no tenía ninguna
confianza en su capacidad para resistir otro de los ataques de Qvant estando
inconsciente.
Este era
simplemente uno de los numerosos aspectos de su existencia conjunta que Martels
no comprendía. Evidentemente, algún tipo de bomba de perfusión - aquel
persistente y leve zumbido en su nuca, como una especie de zumbar de oídos -
podía suministrar continuamente oxígeno y glucosa, eliminar ácido láctico,
anular la fatiga. Pero Martels recordaba nebulosamente que el dormir era
imprescindible: los sueños, por ejemplo, eran esenciales para limpiar la
computadora analógica que era el cerebro de los programas del día anterior.
Quizá la simple evolución había eliminado aquella necesidad de la raza, aunque
25.000 años parecía un tiempo prohibitivamente corto para un cambio tan
importante.
Fuera cual
fuese la respuesta, no podía impedir el aburrimiento, al cual Qvant parecía ser
completamente inmune. Evidentemente, poseía vastos recursos interiores,
acumulados durante siglos, con los cuales distraerse a sí mismo a través de los
interminables días y noches; pero Martels no tenía acceso a ellos. Martels
ocultaba este hecho lo mejor que podía, ya que cada vez le parecía más
importante estimular la impresión de Qvant de que Martels podía captar algunos
de sus pensamientos; pues a pesar de todo su poder y de su conocimiento
acumulado, Qvant no parecía sospechar lo absoluto de la barrera mente-cerebro
que se alzaba entre ellos.
Qvant no
permitía que Martels hablara excepto cuando estaban solos, y no siempre. Su
actitud era de indiferencia, o de preocupación, o de ambas cosas a la vez; y
entre un peticionario y otro transcurrían meses enteros. Entre las raras
apariciones de los morenos salvajes, las pocas cosas nuevas que Martels podía
aprender eran principalmente negativas e inútiles.
Estaba indefenso,
y a menudo se descubría a sí mismo casi deseando que esta demencial pesadilla
terminara con el terrible impacto de su propia cabeza sin proteger sobre el
centro del plato del radiotelescopio, como aquella cruel historia que Ambrose
Bierce había escrito acerca de un incidente en el Puente de Owl Creek.
Pero
ocasionalmente llegaban los peticionarios, y durante sus visitas Martels
escuchaba y aprendía, un poco. Con menos frecuencia aún, Qvant tenía súbitos
estallidos de locuacidad, los cuales resultaban más productivos desde el punto
de vista informativo, aunque siempre decepcionantes al final. Durante uno de
ellos, Martels se encontró con que le era permitido preguntar:
- ¿Qué asunto
era el del primer tribual que vi..., el que deseaba un rito protector? ¿Estabas
realmente dispuesto a darle alguna especie de galimatías?
- Lo estaba, y
no hubiera sido un galimatías - dijo Qvant -. Hubiera sido un complejo de
diagramas y danzas enteramente funcional. Regresará a buscarlo a su debido
tiempo.
- Pero, ¿cómo
podía funcionar?
- Entre dos
acontecimientos cualesquiera en el universo, topológicamente idénticos, existe
una afinidad o repulsión naturales, que pueden ser expresadas en forma
diagramática. La relación es dinámica, y en consecuencia debe ser representada
el que se produzca atracción o repulsión depende enteramente de las acciones.
Esa es la función de las danzas.
- Pero, eso es
magia..., superstición.
- Todo lo
contrario - dijo Qvant -. Es ley natural, y fue practicada con éxito durante
muchos siglos antes de que se formularan los principios basados en ella. Los
tribuales lo comprenden muy bien, aunque no lo describirían en los mismos
términos que yo. Es simplemente una parte funcional de sus vidas. ¿Crees que
seguirían consultándome si descubrieran que el consejo que les doy no da
resultado? Son salvajes, pero no están locos.
Y, en otra de
aquellas ocasiones, Martels dijo:
- Pareces
aceptar la creencia de los tribuales de que existe realmente una vida después
de la muerte. ¿Por qué?
- La acepto
basándome en la evidencia; los tribuales se comunican regular y eficazmente con
sus antepasados inmediatos. No tengo ninguna experiencia personal en este
campo, pero existe también una base teórica plausible para ella.
- ¿Cuál es? -
inquirió Martels.
- El mismo
principio que permite que tú y yo habitemos el mismo cerebro. La personalidad
es un campo electromagnético semiestable; para que permanezca integrada,
requiere el aparato computador suplementario de un cerebro, así como una fuente
de energía tal como un cuerpo, o esta caja en la que vivimos, para mantenerla
en su estado característico de entropía negativa. Una vez el campo queda
liberado por la muerte, pierde toda capacidad de calcular y, queda sujeto a las
pérdidas de entropía normales. En consecuencia, lenta pero inevitablemente, se
desvanece.
- Pero, ¿por
qué no tienes ninguna experiencia personal en ese sentido? Yo lo hubiera creído
así originalmente.
- El
descubrimiento - dijo Qvant, con una voz súbitamente remota - es relativamente
reciente. Semejante comunicación sólo es posible a lo largo de la línea
ancestral directa, y mis donantes, quienquiera que fuesen, desperdiciaron
siglos enteros antes de que se conociera la simple posibilidad.
- ¿Qué edad
tienes ahora, exactamente? - inquirió Martels.
Pero Qvant no dijo
nada más.
Sin embargo,
aquella conversación permitió a Martels ahondar un poco más en el carácter de
los tribuales y trazar, uniendo otros detalles dispersos, un vago cuadro
histórico. Varias referencias a «Renacimiento» le habían permitido suponer que
la civilización había sido destruida y reconstruida cuatro veces desde su
propio período, pero había resurgido cada vez muy cambiada, y cada vez menos
viable. Al parecer, Renacimiento II había sino aniquilado por una congelación a
escala mundial; inevitablemente, Renacimiento III había asumido la forma de una
cultura herméticamente organizada sobre una pequeña base de población.
Ahora, sin
embargo, toda la tierra, a excepción de los polos, estaba en la cúspide de una
fase tropical. Parte del conocimiento tecnológico de Renacimiento III se
hallaba aún aquí, en el museo en el cual Martels estaba indudablemente
encarcelado, con una fracción intacta y otra fracción mas bien grande no
excesivamente deteriorada como para resultar irrecuperable. Pero los tribuales
de Renacimiento IV no tenían ninguna aplicación para él. No sólo no lo
comprendían, sino que creían que no valía la pena comprenderlo ni rescatarlo.
El hecho de que obtuvieran con relativa facilidad los alimentos que precisaban
para subsistir hacía innecesaria para ellos la maquinaria, y sus leyendas
acerca de lo que había sido Renacimiento III contribuían a hacerles aborrecer
las máquinas. Su economía de tipo primitivo les satisfacía por completo.
Pero había algo más. Su perspectiva había experimentado un cambio racial que sólo podía ser atribuido al descubrimiento de la existencia real de los fantasmas de sus antepasados. Se había convertido en mística, ritualista y, en un sentido profundo, ascética: es decir, estaban orientados hacia la muerte u orientados hacia la vida futura. Esto explicaba, también, la ambigüedad de su actitud hacia Qvant. Respetaban lo profundo de su conocimiento, de hecho se sentían abrumados por él, y ocasionalmente recurrían a él para la solución de problemas que estaban más allá de su capacidad de comprensión: tan lejos de su alcance como para hacerles superar su orgulloso individualismo, pero no cabía ni pensar siquiera en que le adorasen. Aproximándose a un ente que no tenía ninguna relación con sus antepasados, que ni una sola vez había experimentado semejante relación, y que parecía destinado a no tener nunca una vida futura propia, únicamente podían sentir lástima.
Ocasionalmente,
sin duda, a unos cuantos de ellos se les ocurría que incluso la aparentemente
indestructible caja-cerebro podía no ser inmune a un verdadero desastre, tal
como el nacimiento de un volcán debajo del museo. Pero Qvant había estado allí,
en la medida que sus propias leyendas podían atestiguar, desde siempre. Y sus
propias vidas eran cortas. La muerte de Qvant no figuraba en el futuro a corto
plazo, en el cual estaban acostumbrados a pensar.
La mayor parte
de la conversación de Qvant, sin embargo, era mucho menos reveladora. Parecía
estar casi permanentemente en una especie de estado Zen, consciente de su superioridad
y al mismo tiempo despreciándola. Muchas de sus respuestas a los peticionarios
consistían únicamente en una frase que no parecía tener ninguna relación con la
pregunta que habían formulado. Ocasionalmente, también, contestaba con una
especie de parábola que no resultaba más comprensible por el hecho de ser más
larga. Por ejemplo:
- Inmortal
Qvant, algunos de nuestros antepasados nos dicen ahora que debemos limpiar
parte de la selva y empezar a sembrar. Otros nos dicen que debemos continuar
como hasta ahora. ¿Cómo debemos resolver este conflicto?
- Cuando Qvant
era un hombre, doce estudiantes se reunieron en la cima de un acantilado para
escucharle. El les preguntó qué podía decirles que ellos no oyeran de sus
propias bocas. Todos contestaron al mismo tiempo de modo que no pudo oírse una
sola respuesta. Qvant dijo: «Tenéis demasiadas cabezas para un solo cuerpo»,
arrojó a once de ellos por el acantilado.
Humillantemente
para Martels, en tales situaciones los tribuales siempre parecían comprender en
seguida el significado oculto de las palabras de Qvant y se marchaban
satisfechos. En aquella ocasión particular, sin embargo, Martels había logrado
expresar una suposición inspirada:
- Es evidente
que en esas condiciones no puede pensarse en reanimar la agricultura.
- Es evidente -
admitió Qvant -. Pero, ¿a qué condiciones particulares te refieres?
- A ninguna. No
conozco absolutamente nada acerca de ellos. De hecho, entre las ecologías
selváticas la agricultura era bastante corriente en mi época. Pero me ha
parecido captar que ese era el sentido de tus palabras.
Qvant no hizo
ningún comentario, pero Martels pudo percibir, aunque de un modo vago, su
confusión. Otro ladrillo fantasma había sido añadido al edificio de la creencia
de Qvant en el sentido de que no podía ocultar del todo sus pensamientos a
Martels.
Desde luego por
la naturaleza y la fraseología de la mayoría de las preguntas de Martels, Qvant
había deducido inmediatamente que Martels había sido el equivalente
infinitamente primitivo de un científico y, además, que lo que Martels
escuchaba no era suficiente para permitirle profundizar en el acervo de
conocimientos científicos del propio Qvant. A veces, Qvant parecía experimentar
un placer perverso contestando a las preguntas de Martels en aquel terreno con
aparente candor y al mismo tiempo en los términos más inútiles que le era
posible:
- Qvant,
siempre dices que nunca morirás. Salvo accidentes, desde luego. Pero
seguramente que la fuente de energía para este aparato caja-cerebro debe tener
una media-vida, no importa cuán larga sea, algún día el rendimiento descenderá
por debajo del nivel mínimo necesario.
- La fuente no
es radiactiva y no tiene media-vida. Procede del Vacío: el origen, en términos
de trigonometría esférica, del espacio interior.
- No comprendo
los términos. ¿O acaso quieres decir que produce una creación continua? ¿Se ha
demostrado su posibilidad?
El término
resultó a su vez incomprensible para Qvant, el cual se decidió a escuchar la
explicación que Martels le dio de la teoría del «estado invariable» de Fred
Hoyle.
- No, eso es
absurdo - dijo finalmente Qvant -. La creación es al mismo tiempo única y
cíclica. El origen del espacio interior se encuentra en otra parte, y sólo es
explicable en términos de apareamiento general: la psicología del ondículo.
- ¿El ondículo?
¿Sólo existe uno?
- Solamente
uno, aunque tiene mil aspectos.
- ¿Y piensa? -
inquirió Martels, asombrado.
- No, no
piensa. Pero tiene voluntad, y actúa consecuentemente. Si se comprende su
voluntad, se es el dueño de su conducta.
- Entonces,
¿cómo actúa ese poder?
- Por
meditación, inicialmente. Después, no puede perderse.
- No, yo me
refería a la máquina...
Silencio.
Martels estaba
aprendiendo, pero nada de lo que había aprendido parecía conducirle a ninguna
parte. Luego, un año, un peticionario formuló otra pregunta acerca de los
Pájaros; y cuando más tarde, con la mayor inocencia, Martels preguntó: «¿Qué
son esos Pájaros?», el impacto del odio y desesperación que la mente de Qvant
proyectó en la suya le reveló en un instante que al fin había dado con algo
crucial.
Sólo tenía que
descubrir el modo de utilizarlo.
4
Tan evidente
fue la profundidad de las emociones de Qvant, a las cuales se mezclaban otras
inidentificables para Martels, que éste no esperaba ninguna respuesta. Pero
después de una pausa no mucho más del doble de duración que de costumbre, Qvant
dijo:
- Los Pájaros
son la ruina de la humanidad..., de la mía y de la tuya. Y también,
eventualmente, mi inesperado e indeseable huésped. ¿Crees que la evolución ha quedado
interrumpida durante más de veintitrés mil años... incluso sin tener en cuenta
el desastre radiactivo que precedió a Renacimiento Uno?
- No, desde
luego que no, Qvant. Los tribuales son evidentemente una mezcla genética
desconocida en mi época, y, naturalmente, supongo que también se habrán
producido mutaciones.
- Sólo ves las
superficies - dijo Qvant con acerado desdén -. Ellos muestran muchas señales de
avances y cambios evolutivos que están más allá de tu capacidad de observación.
Así, como ejemplo sencillo, al principio de Renacimiento Cuatro, cuando la
selva ocupaba casi todo el mundo, el hombre era todavía un animal que tenía que
practicar los principios de nutrición conscientemente, y los tribuales de
aquella época no poseían el conocimiento. Como resultado de ello, por mucho que
comieran, y entonces no había nunca escasez, ni siquiera de proteínas, morían
de una enfermedad típica de las poblaciones de la selva cuyo nombre no
significaría nada para ti, pero que podría ser descrita como «desnutrición
maligna».
- Esa
enfermedad era perfectamente conocida en mi época, y no sólo en poblaciones de
la selva. Nosotros la llamábamos marasmo, pero había montones de nombres
locales: kwashiorkor, sukha...
- Ninguna de
esas palabras, desde luego, ha sobrevivido. En cualquier caso, poco después se
produjo una mutación en virtud de la cual la nutrición adecuada se convirtió en
un instinto hereditario, como ha ocurrido siempre con los animales salvajes, y
como ocurría presumiblemente cuando el hombre era un animal salvaje.
»Otro cambio,
igualmente radical y quizá similar en su origen, se produjo a finales de
Renacimiento Tres. Entonces se descubrió que el cerebro humano poseía un
considerable poder hipnótico y de proyección, utilizable sin intervención de
ningún rito prehipnótico. La teoría mostraba cómo podía hacerse esto
fiablemente, pero el poder había existido quizá desde siempre en estado
latente, o tal vez era el resultado de una mutación. Nadie está seguro, ni creo
que la cuestión tenga ahora la menor importancia.
»En mí, esos
poderes son masivos, debido a que fui criado especialmente para desarrollarlos
en su grado máximo, entre otros muchos, pero su acción entre los tribuales es
completamente opuesta en el sentido de que su relación con sus antecesores les
hace peculiarmente susceptibles a tal hipnosis más bien que en agentes.
»También los
animales han cambiado... y en especial los pájaros. Los pájaros fueron siempre
minuciosos ritualistas, y en el aura de ceremonial penetrante característico de
Renacimiento Cuatro, han evolucionado peligrosamente. Ahora son individuos
sensibles, inteligentes, seguros de sí mismos, y poseen una elaborada cultura
postprimitiva. Consideran al hombre como su rival número uno, y su objetivo
principal es el de exterminarle.
»Y lo
conseguirán. Su impulso principal va dirigido hacia la supervivencia en el
aquí-y-ahora; los tribuales, en cambio, están demasiado interesados en la
muerte en sí como objetivo para resultar antagonistas eficaces para ellos, con
independencia del hecho de que su nivel intelectual sea todavía muy inferior al
del hombre.
- Eso me
resulta difícil de creer - dijo Martels -. Nosotros teníamos humanos en esa
fase de civilización en mi época: los esquimales, los aborígenes australianos,
los bosquimanos de África del Sur. Ninguno de ellos era tan agresivo como tú
sugieres que son los Pájaros, pero, aunque lo hubiesen sido, no hubieran tenido
ninguna posibilidad contra los intelectuales pragmáticos de la época. De hecho,
cuando yo me marché estaban al borde de la extinción.
- El tribual
moderno no es ni intelectual ni pragmático - dijo Qvant desdeñosamente -. No
utiliza máquinas, excepto para sencillas armas de caza; sus únicas defensas
importantes son los ritos, en los cuales los Pájaros son instintivamente
expertos, y lo son más a cada día que pasa. Cuando se hagan intelectualmente
expertos, el final estará a la vuelta de la esquina.
»Y será también
nuestro final. Tengo detallados motivos, teóricos y técnicos, para creer que
una vez que la población humana caiga por debajo de un determinado nivel, la
energía que mantiene esta caja-cerebro nuestra empezará a fallar, y poco
después la propia caja quedará destruida. Incluso si no ocurriera esto, los
Pájaros, si ganan, como es seguro, tendrán milenios para esperar a que se
destruya por sí misma, lo cual no es imposible. Entonces destrozarán el cerebro
a picotazos, y seremos aniquilados los dos.
En la voz de
Qvant parecía reflejarse cierta lúgubre y al mismo tiempo salvaje satisfacción
ante aquella idea. Martels dijo cautelosamente:
- Pero, ¿por
qué? Tú no representas ninguna amenaza para ellos, que yo sepa. Incluso los
tribuales te consultan muy de cuando en cuando, y nunca acerca de armas
eficaces. ¿Por qué no habrían de ignorarte los Pájaros?
- Porque - dijo
Qvant lentamente - son simbolistas..., y me odian y temen por encima de todos
los entes del universo como a un símbolo primordial del poder humano del
pasado.
- ¿Cómo es
posible eso?
- ¿Cómo es
posible que no lo hayas adivinado? - replicó Qvant -. Yo era el Supremo Autarca
reinante al final de Renacimiento Tres, criado para la tarea y encargado de la
conservación de todo lo que Renacimiento Tres había aprendido, pasara lo que
pasara. Sin acceso a la computadora, soy incapaz de cumplir con toda esa
obligación..., pero a ella le debo mi actual encarcelamiento inmortal. Y mi
ruina, y la tuya, bajo los picos de los Pájaros.
- ¿No puedes
evitarlo? Por ejemplo, hipnotizando a los tribuales para que emprendan alguna
acción positiva contra los Pájaros... ¿O acaso tu control es demasiado
limitado?
- Podría
ejercer un control absoluto sobre un tribual, si lo deseara - dijo Qvant -. Y
te lo demostraré con el próximo que venga para disipar todas tus dudas. Pero
los tribuales que vienen a consultarme distan mucho de ser las figuras importantes
en la cultura de Renacimiento Cuatro, e incluso si fueran grandes héroes y
caudillos, los cuales ni siquiera existen en esta cultura, no podría cambiar la
situación cultural, por muchos cambios que introdujera en el modo de pensar de
unos individuos. Los tiempos son como son; y el final está próximo.
- ¿Cuánto falta
para ese final?
- Cinco años,
quizá, como máximo.
Súbitamente,
Martels se sintió asaltado por una furia personal.
- ¡Me haces
sentir avergonzado de mi condición de ser humano! - exclamó, obligadamente en
la voz de Qvant -. ¡En mi época, la gente luchaba! ¡Y ahora, aquí están tus
tribuales, presumiblemente inteligentes y, sin embargo, negándose a utilizar
las medidas más elementales para protegerse a sí mismos! ¡Y aquí estás tú, sin duda
la mente humana más inteligente y con más recursos de toda la historia humana,
capaz de asumir el mando y de ayudar a todas las demás, esperando pasivamente
ser destrozado a picotazos por una simple bandada de pájaros!
Mientras la
pasión de Martels iba en aumento, se sintió bruscamente poseído por una imagen
de su temprana juventud. Había encontrado un petirrojo caído en el patio de su
casa de Doncaster, arrojado del nido antes de que hubiese aprendido a volar, y
estaba herido: probablemente por uno de los numerosos gatos hambrientos de la
vecindad. Esperando auxiliarle, lo había recogido, pero había muerto en sus
manos. Y cuando lo dejó de nuevo en el suelo, sus manos estaban llenas de
diminutos gorgojos negros, como millares de motas móviles de pimienta negra. ¿Y
serían los pájaros los que suplantarían al hombre? ¡Nunca, por Dios!
- No tienes
ningún conocimiento acerca de lo que estás hablando - dijo Qvant con su voz más
remota -. Ahora cállate.
Gracias a la
decepción, Martels conoció las profundidades de su propia ignorancia mejor
incluso que Qvant. Pero, al contrario de Qvant, la pasividad no estaba en su
naturaleza; había luchado contra las circunstancias durante toda su vida, y no
iba a cambiar ahora. Qvant era inmensamente su superior, en todos los aspectos
imaginables, pero no estaba dispuesto a compartir la ruina de Qvant, y lucharía
para evitarlo como había luchado en el pasado.
No lo expresó,
ni lo hubiera expresado aunque Qvant le hubiese permitido seguir hablando. Lo
que deseaba, principalmente, era no sólo salir del cerebro de Qvant - algo que
Qvant también estaba deseando, evidentemente -, sino regresar a su siglo natal;
y sólo en técnicas humanas podía esperar una posible ayuda en esa dirección. Un
fallo en un radiotelescopio le había enviado aquí, y aquél había sido un
instrumento humano; después del tiempo transcurrido, tenía que existir algún
medio más sencillo de invertir el efecto.
Qvant se había
mostrado incapaz de librarse de Martels como «una simple molestia en la época
actual», y no cabía esperar que pudiera enviarle hacia atrás; e incluso si
conociera el modo de hacerlo, la cosa resultaría mucho más complicada que el
simple ejercicio de arrojar a Martels al triste y apagado dominio de la vida
futura: un ejercicio que Qvant había querido realizar, fracasando en el
intento.
No, era
urgentemente necesaria más ayuda humana, y sólo podría buscarla en los
tribuales. Estos eran, sin duda, científicamente innocuos, pero ciertamente
preferibles a los Pájaros; y, además, poseían recursos de los que Qvant
carecía. La mayoría de aquellos recursos - tales como su contacto con sus
antepasados - eran misteriosos y problemáticos, pero por la misma razón
quedaban fuera del vasto campo de conocimiento de Qvant y podían ser aplicables
al problema principal.
Y no eran
salvajes. Martels lo había deducido ya de los escasos peticionarios que había
visto. Si aquellos tribuales no eran los mejores ejemplares de los hombres de
Renacimiento IV, ¿cómo serían los mejores? Resultaba esencial descubrirlo, al
margen de la opinión de Qvant en la materia. Qvant no les había visto nunca en
su propio entorno; todo su conocimiento de sus costumbres, conducta y
capacidades procedía de testimonios, poco dignos de confianza en el mejor de
los casos, de un muestreo que él mismo consideraba poco representativo, y de
sus deducciones. Por otra parte, Qvant no pertenecía a este Renacimiento; podía
ser congénitamente incapaz de comprenderlo.
Además, desde
su perspectiva, basada en el oscuro pasado, Martels creía haber visto cosas en
los peticionarios que Qvant era incapaz de ver. Sus intelectos eran todavía
operativos, a un nivel que Qvant no percibía; mas para Martels podía ser
altamente significativo por sí mismo. Incluso un hombre moreno que le
impresionaba inicialmente como el mayor de los salvajes, revelaba en el minuto
siguiente algún talento casi sobrenatural, o al menos algún fragmento de
conocimiento que parecía representar el dominio de algún campo científico que
los contemporáneos de Martels ni siquiera sabían que existiera. Aquello podía
ser utilizado. Tenía que ser utilizado.
Pero, ¿cómo?
Supongamos que Martels estuviera completamente a cargo del cerebro que
funcionaba bajo el nombre de Qvant; ¿cómo podía formular suficientes preguntas
a los peticionarios para descubrir lo que necesitaba saber sin despertar
inmediatamente sospechas? Después de todo, los peticionarios estaban
acostumbrados a ser ellos quienes formulasen las preguntas. E incluso si
conseguía hacerlo, usurpando con éxito las funciones de Qvant, ¿qué podía decirles
a los tribuales que pudiera provocar alguna acción contra los Pájaros, y cómo
podía aconsejarles acerca del modo de llevarla a cabo?
En el mejor de
los casos, sólo provocaría desconcierto y huida. Lo que realmente necesitaba
era salir de aquí y acceder al mundo, con algún tipo de cuerpo, pero no cabía
ni pensar en ello. Su única opción era procurar algún medio para cambiar de
época, y esperar que la nueva época descubriera algún medio para rescatarle.
Planteado así,
todo el proyecto parecía imposiblemente estúpido. Pero, ¿existía acaso otra
manera de plantearlo?
Necesariamente,
continuó como antes, esperando, escuchando, formulándole preguntas a Qvant
cuando éste lo permitía, y obteniendo ocasionales respuestas. A veces, obtenía
un hecho nuevo al que podía extraer algún sentido; pero estas ocasiones eran la
excepción. Y empezó a sentir, también, que el insomnio y la privación de todos
sus sentidos menos la vista y el oído erosionaban cada vez más su razón, a
pesar del dudoso y precario acceso a las masivas facilidades razonadoras del
cerebro de Qvant. Incluso aquellas facilidades estaban limitadas en un sentido
que no podía comprender: Qvant había mencionado varias veces que había quedado
privado de una conexión con una computadora que le habría permitido funcionar
mucho mejor. ¿Se hallaba la computadora en el museo, y la desconexión de Qvant
se debía a una simple avería que era incapaz de reparar? ¿O residía lejos en el
pasado, al final de Renacimiento III? Martels se lo preguntó a Qvant, pero éste
no contestó.
Y entretanto,
durante la mayor parte del tiempo, Martels tenia mirar fijamente el mismo punto
de la lejana pared y escuchar los mismos ecos desprovistos de significado.
El siglo de
pleno verano transcurría lentamente. Pasó un año. Los peticionarios eran cada
vez más escasos. Incluso Qvant parecía sufrir algún tipo de erosión, a pesar de
sus recursos interiores; en realidad estaba sumido en una especie de ensoñación
sonambulística completamente distinta de su anterior estado de continua
especulación interior. Martels no podía captar más que antes los pensamientos
de Qvant, pero su tono había cambiado; al principio, había existido una
impresión de ociosa, de hecho casi sibarítica, pero constate meditación y
especulación, pero ahora lo único que llegaba era una especie de zumbido, como
un sueño obtuso y reiterativo que no podía ir más allá de un punto determinado,
y del cual era imposible despertar.
El propio
Martels había tenido aquella clase de sueños; había llegado a reconocerlos como
una señal de que estaba a punto de despertar, probablemente a una hora del día
más tardía de lo que había deseado; eran el equivalente mental de un ronquido
con el que uno se despertaba a sí mismo. Qvant, en cambio, parecía hundirse
cada vez más profundamente en ellos, lo cual privaba al siempre despierto
Martels incluso de la enigmática conversación de Qvant. Había sido una vida
lánguida en todo momento, aquí en 25.000 después de Cristo. El aburrimiento
incrustado ahora en ella estaba alcanzando profundidades que Martels nunca
hubiera creído posibles, y parecía no haber llegado aún lo peor. No se dio
cuenta de lo mucho que iba a empeorar hasta el día en que llegó un peticionario
y Qvant no contestó a su pregunta, y ni siquiera pareció haberla oído.
Martels no supo
aprovechar la ocasión. Había perdido del todo el hábito de pensar con rapidez.
Pero cuando, quizá seis meses más tarde, apareció el siguiente peticionario - a
medio camino de los cinco años que Qvant había predicho que terminarían con el
triunfo de los Pájaros -, Martels estaba preparado.
- Inmortal
Qvant, suplico el beneficio de tu atención.
Qvant no
contestó. Siguió resonando el zumbido de su reiterativo sueño diurno, Martels
susurró:
- Puedes
introducirte en mi atención.
Qvant continuó
sin intervenir. El tribual se hizo visible.
- Inmortal
Qvant, soy Amra, de la tribu de Owlshield. Después de muchas generaciones, el
volcán situado al oeste de nuestro territorio empieza a dar señales de que está
despertando de su sueño. ¿Despertará del todo? Y si lo hace, ¿qué haremos
nosotros?
Lo que Qvant
pudiera saber de la geología de la zona de la cual procedía Amra era, como de
costumbre, inaccesible para Martels. De todos modos, parecía algo de elemental
sentido común no permanecer en la vecindad de un volcán largo tiempo dormido
que estar ha mostrando nuevas señales de actividad. De modo que Martels dijo:
- La erupción
se producirá a su debido tiempo. No puedo predecir cuán violento será el primer
estallido, pero sería prudente cambiar de territorio con la mayor rapidez
posible.
- Inmortal
Qvant, es posible que no tengas noticias recientes de la situación de nuestra
pobre tribu. No podemos emigrar. ¿No podrías proporcionarnos algún rito
propiciatorio?
- Resulta
imposible propiciar a un volcán - dijo Martels, aunque con mucha menos
convicción íntima de la que en otro tiempo hubiera sentido -. También es cierto
que he recibido pocas noticias de tu zona en los últimos tiempos. Explícame por
qué no podéis emigrar.
Pensó que
estaba empezando a captar muy bien el estilo oratorio de Qvant, y de hecho el
tribual no daba muestras de sospechar nada. Amra dijo pacientemente:
- Al norte se
encuentra el territorio de la tribu de Zhar-Pitzha, a través del cual he pasado
en mi camino hacia tu templo. Naturalmente, no podemos invadirlo. Al sur se
encuentran el hielo eterno y los diablos de Terminus. Y al este, desde luego,
están siempre y siempre los Pájaros
Esta,
súbitamente, fue la oportunidad que Martels esperaba.
- Entonces,
tribual Amra, debéis establecer una alianza con la tribu de Zhar-Pitzha y, con
las armas que os daré, declararéis la guerra a los Pájaros.
El rostro de
Amra se convirtió en un poema de desesperación, pero gradualmente su expresión
se endureció hasta hacerse ilegible. Dijo:
- El inmortal
Qvant se complace en mofarse de nuestra desesperación. No volveremos a
comparecer en su presencia.
Amra se inclinó
rápidamente y desapareció del invariable campo visual. Cuando los ecos de sus
pasos se apagaron del todo en el vestíbulo, Martels descubrió que Qvant -
¿cuánto tiempo había estado? - había recuperado el control de la voz de la
caja, con una risa fría y lejana.
Pero lo único
que el ex Supremo Autarca de Renacimiento III dijo, fue:
- ¿Comprendes
ahora?
Si, Martels
temía haber comprendido.
5
Sin embargo,
Martels había captado algo que era nuevo, y ahora Qvant prestaba de nuevo
atención - durase lo que durase - Martels podía intentar sonsacarle acerca de
ello. Dijo:
- Pensé que
valía la pena intentarlo. Me enseñaron a no aceptar afirmación como un hecho
hasta haberla comprobado por mí mismo.
- Lo mismo que
yo. Pero eso no provoca en mí ninguna simpatía, los peticionarios son mi último
contacto con la raza humana, exceptuándote a ti, y tú eres peor que un
anacronismo, tú eres un fósil viviente, y no permitiré que asustes a uno de
ellos y le alejes de mí para siempre.
- Te agradezco
el cumplido en lo que vale, y no creí que lo permitieras - dijo Martels -.
Lamento de veras haberle asustado. Pero dato curiosidad acerca de algunas de
las cuestiones. Por sus referencias al volcán y al «hielo eterno» deduzco que
su tribu se encuentra al borde de la Antártida, en una región que nosotros
llamábamos Tierra del Fuego.
- Exacto.
- Pero, ¿a qué
se refería al hablar de los diablos de Terminus»?
- Hay una
pequeña colonia de hombres viviendo en las montañas polo. Sur - dijo Qvant, con
una especie de odio en su voz -. Son, deberían ser, supervivientes de
Renacimiento Tres, aleccionados para mantener una pequeña comunidad encargada
de alimentar, atender y conservar la computadora destinada a complementar mi
función. Los tribuales de la región les llaman diablos porque prohíben
rígidamente la entrada a todo el resto del mundo, tal como se les instruyó que
hicieran. Pero, como ya te he dicho, he dejado de tener acceso a aquella
computadora; y no sé si se debe a que hombres de Terminus han degenerado y han
dejado que se estropeara, o si han interrumpido deliberadamente mi acceso a
ella.
¡De modo que la
cultura selvática y el museo en ruinas no eran el final del camino!
- ¿Por qué no
lo averiguas? - preguntó Martels.
- ¿Cómo crees
que podría hacerlo?
- Asumiendo el
control del próximo peticionario, y encaminándole hacía allí para echar una
ojeada.
- Imposible. En
primer lugar, porque el camino me llevaría a de la región de los Pájaros. En
segundo lugar, porque no puedo permitir que el cerebro permanezca inactivo
durante el largo período que invertiría en el viaje; cuando regresara, si es
que regresaba, los peticionarios me habrían abandonado definitivamente.
- Tonterías -
dijo Martels, en tono deliberadamente desdeñoso -. La pérdida de contacto con
la computadora te incapacita considerablemente, como tú mismo me has dicho. Tu
objetivo primordial sería establecer contacto con ella, si existe dicha
posibilidad. Y si pudieras hacerlo, lo harías. El actual callejón sin salida
sugiere que no posees los poderes hipnóticos o de proyección necesarios para
cambiar el curso de un insecto..., y menos el de un ser humano.
Sorprendentemente,
Qvant no pareció enojarse, ante la decepción de Martels.
- En realidad
no los poseo - dijo, más sorprendentemente aún -, si por «yo» te refieres al
campo jugomagnético más bien frágil que es mi personalidad, ego, psique, o como
quieras llamarlo. De no ser así, los casos de almas recién muertas tomando
posesión instantánea de otro cuerpo viviente serían el pan nuestro de cada día.
De hecho, sólo existen rumores dispersos y sin confirmar de unas cuantas de
tales posesiones. Esos poderes son una función del cerebro, del órgano en sí...
y prominentemente de este cerebro. Para utilizarlos se requieren un substrato
físico y una fuente de energía.
»Como te
prometí, te haré una demostración de ellos en la próxima oportunidad, no porque
me interese lo más mínimo desvanecer tus dudas, sino únicamente para librarme
de las molestias que me producen tus torpes experimentos. Desde luego, no te
mostraré cómo hay que utilizarlos. Ahora, silencio.
Se impuso el
silencio; pero Qvant había sido ya suficientemente locuaz, y aquélla no había
sido la primera ocasión en que Martels se sentía agradecido por ello. Tal vez
también Qvant sentía ocasionalmente la presión de la soledad o del
aburrimiento. O quizás ocurría que, no estando limitado por la necesidad de
respirar, nada le impedía hilvanar una frase tan larga como deseaba, y aquellos
períodos inmensos llegaban a convertirse en discursos, sin que Qvant se diera
cuenta.
Y ahora Martels
tenía un nuevo programa: llegar a Terminus, a toda costa. Estaba seguro de que
incluso unos restos de Renacimiento III, con energía y tecnología a su
disposición, ofrecían más ayuda para su peculiar problema de la que podían
prestarle todos los tribuales de Renacimiento IV.
La última
observación de Qvant debía ser interpretada como significando que Qvant
sospechaba ya que Martels había elaborado exactamente aquel programa. Sin duda,
Qvant no le enseñaría a Martels a utilizar los poderes hipnóticos y de
proyección, simplemente para que no provocara a los tribuales a desencadenar
una campaña contra los Pájaros; pero Martels había anunciado también que si
estuviera en el puesto de Qvant trataría de llegar a Terminus, anuncio ante el
cual un intelecto incluso más débil que el de Qvant se pondría en guardia. Y en
su calidad de ex Autarca sabía mucho mejor que Martels lo poco rentable que
resulta subestimar a un adversario. Incluso en la época del propio Martels, un
supuesto fundamental de la teoría de los juegos era el de que el próximo
movimiento más probable del enemigo sería posiblemente el mejor.
Contra esto,
Martels no tenía más recurso que su capacidad de ocultar sus pensamientos a su cerebro-consorte,
y elaborar sus planes lo mejor que pudiera; barajar de nuevo sus cartas,
revisar su posición, proyectar acciones alternativas y reunir nuevos datos.
Vista a esta luz, la colocación de los objetos expuestos en el museo dentro de
su cono de visión adquiría un nuevo significado: súbitamente se había revelado
importante apreciar sus tamaños y formas, si desmontados o habían caído, si
estaban intactos o dislocados, y distancias exactas de unos a otros. Los que
quedaban fuera del cono no importaban, excepto los de mayor tamaño entre la
caja-cerebro y la entrada al vestíbulo, y aquellos los fijó lo más exactamente
posible en su memoria.
Aparte de esto,
como siempre, sólo podía esperar al siguiente peticionario, pero esta vez no le
importaba que su llegada se demorase. Cuanto más largo fuera el intervalo, más
tiempo tendría para considerar todas las posibilidades de fracaso de su plan,
qué otras opciones le quedarían si fallaba su primera tentativa, etc. Nunca se
había interesado por la estrategia ni por la táctica, pero si había en él algún
talento en potencia para el generalato, ahora era el momento de desarrollarlo,
y lo más rápidamente posible.
El siguiente
peticionario se presentó sólo seis meses después, un periodo de tiempo
relativo, desde luego, ya que llevar un calendario mental de los días
invariables resultaba imposible, y en la falta de estaciones de aquel siglo de
pleno verano Martels estaba seguro de que perdía meses enteros. Pero el momento
era oportuno, puesto que Martels había alcanzado ya un punto en el que se
quedaba sin alternativas ni refinamientos, y sospechaba que su proyecto
principal se convertía de un plan de acción en una especie de sueño-diurno.
Qvant se mostró
inmediatamente alerta, lo cual no sorprendió a Martels. Tras el saludo y la
respuesta rituales de costumbre, el visitante se hizo visible y se identificó a
sí mismo como Tlam, de la tribu de Hawkburrow. Súbitamente, los ojos del
tribual se vidriaron, su cuerpo adquirió una extraña rigidez y ninguna otra
palabra salió de sus labios. Al mismo tiempo, Martels sintió una extraña
ligereza, una falta de presión, casi un vacío, como si Qvant ya no estuviera
presente. Martels trató de hablar, y descubrió que podía hacerlo
- Qvant, ¿eres
tú el que hace eso?
- Sí - dijo el
tribual, en una burlesca imitación de la voz de Qvant mezclada con la suya.
Martels descubrió que lo más raro de todo era oír hablar a Qvant sin la
habitual resonancia del amplificador -. Fíjate bien.
El tribual dio
media vuelta y empezó a andar de un lado para otro entre los monumentos,
haciendo ocasionalmente un gesto desprovisto de significado delante de alguno
de ellos. Martels descubrió que también podía mover sus ojos para seguir
aquellos movimientos. Dijo:
- ¿Sabe lo que
ocurre?
- No - dijo el
tribual, haciendo una pirueta absurdamente solemne -. Podría hacer que se diera
cuenta, pero prefiero no alarmarle. Le devolveré a la misma posición de la que
partió, y cuando el episodio termine, el tiempo no habrá transcurrido para él.
- Deduzco,
entonces, que esto es proyección más bien que hipnosis.
- Deduces bien.
Sin embargo, no extraigas conclusiones apresuradas. Tú estás falto de energía,
y si realizas el menor intento para aprovecharte de tu actual posición estaré
contigo en el cerebro inmediatamente... y haré que te sientas más miserable de
lo que puedas haberte sentido en toda tu vida.
Martels dudó de
que Qvant pudiera aumentar las miserias una infancia en Doncaster, pero estaba
más interesado en observar que la afirmación y la amenaza se contradecían
mutuamente. Sin embargo, no hizo ningún comentario. Las andanzas del tribual
poseído habían producido ya más huellas de pisadas en el polvo que las que
habían dejado incalculables decenas de visitantes anteriores, y Martels estaba
ocupado haciéndolas encajar con la estatura y la longitud de paso del tribual
en la armazón métrica de su mapa. Ahora parecía del todo improbable que Qvant
tuviera la menor idea de la cantidad de nueva información que estaba
proporcionando con su jactanciosa demostración.
- Bueno - dijo Martels
-, no parece demasiado distinto de los efectos de la hipnosis conocida en mi
época, excepto que aquí no existe ninguna rutina preliminar. Creía que tú
seguirías residiendo aquí, por así decirlo, y que la proyección consistía
únicamente en el uso de algún tipo de microonda emitida para anular las ondas
cerebrales del propio individuo.
- Es posible,
desde luego, pero primitivo y perjudicial - elijo el tribual -. Dentro de unos
instantes te mostraré la diferencia.
Qvant llevó al
tribual a su exacta posición original. Sin ninguna clase de preparación ni de
transición, Martels se encontró mirando la caja-cerebro desde fuera.
Tal como había
sospechado, era transparente, y el cerebro que había en su interior era tan
grande como el de un delfín; pero Martels había pasado muchos meses
preparándose a sí mismo para no desperdiciar ni un solo segundo estudiando el
aspecto de la caja-cerebro. Manteniendo su nuevo cuerpo rígido e inexpresivo
como en estado de shock, cambió el foco de sus nuevos ojos para buscar el tubo,
o la maraña de tubos, que tenían que conducir a la bomba de perfusión. Estaba
allí: un tubo, y parecía revestido de una sólida protección. Martels también
había esperado eso.
Saltando un
paso atrás y tres a la derecha, recogió del suelo el objeto metálico en forma
de maza que había escogido hacía mucho tiempo, y lo descargó directamente sobre
el punto de unión del tubo y la caja.
Los músculos
del tribual, adiestrados en la caza y su rapidez de reflejos resultaron mucho
mejores de lo que Martels podía anticipar.
El pesado
proyectil no rompió nada, pero un fantasma de dolor gritó en la mente del
propio Martels ante el impacto.
Dos saltos
hacia la entrada, otro objeto recogido del suelo, un salto atrás hacia la caja.
Mientras Martels hacía girar el nuevo y más pesado objeto por encima de su
cabeza, notó la mente de Qvant tratando frenéticamente de agarrar su propia
espalda, pero la nueva maza - en otro tiempo una barra de autobús, un brazo de
mecedora o quién sabe qué - estaba ya descendiendo con toda la fuerza que
Martels podía exigir de los brazos y la espalda de Tlam. Golpeó el borde
superior de la caja-cerebro con un ruido semejante a un disparo de revólver.
La caja ni
siquiera se abolló, pero todos los rastros de la poderosa psique de Qvant se
desvanecieron. Tlam/Martels corría ya hacia la entrada... y Tlam demostró que
era capaz de correr como un gamo. Juntos salieron a la gloriosa luz del sol, y
Martels relajó inmediatamente todo control. Poseído de un lógico y predecible
terror, Tlam se hundió en la selva, dando vueltas a lo largo de senderos que
Martels nunca hubiera sospechado que estuvieran allí; y ni siquiera el
creciente agotamiento le detuvo hasta que casi había caído la noche.
Para Martels,
la carrera fue tan bella como el único viaje en tren que había realizado a
través del Paso del Brenero. Al fin podía percibir la humedad del bosque, el
olor de la vegetación y el vago perfume de las flores, sentir el calor sobre su
piel, el resonar de los pies descalzos sobre la tierra y la ágil flexión de los
músculos. Gozaba incluso con los latigazos de las ramas y las lianas mientras
ellos corrían por la selva.
Ahora Tlam
estaba examinando la densa maleza a su alrededor con rápida pero intensa
atención, sorteando peligros que sólo él podía conocer. Luego se dejó caer
sobre sus manos y rodillas, se arrastró debajo de una espesura de algo con
hojas en forma de remo y racimos de bayas blancas, suspiró un par de veces, se
enroscó como una bola y se quedó dormido.
Había
funcionado. Había funcionado perfectamente..., sin un solo fallo. Martels había
escapado.
Pero, ¿por
cuánto tiempo? No había modo de saberlo. Los riesgos eran todavía graves, lo
mismo desde el pasado que en el futuro. Aunque había deducido, de lo que él
consideraba una buena evidencia, que el alcance de los poderes hipnóticos y de
proyección de Qvant no podía ser largo, no sabia exactamente cuán largos eran,
ni a qué distancia del museo se encontraba ahora. Había aturdido a Qvant, esto
era evidente, pero no sabía por cuánto tiempo. Ni sabía cuán amplio seria el
divorcio entre la personalidad de Qvant y la suya propia independientemente de
la distancia que hubiera entre ellos. La dudosa evidencia de la telepatía en su
propio siglo había sugerido que no sufría ninguna disminución con la distancia.
En el supuesto
- por improbable que pareciera - de que su ataque hubiera producido realmente
algún daño en la caja-cerebro, o en la bomba de perfusión..., un daño
suficiente para que el cerebro muriera eventualmente... ¿Qué le pasaría a
Martels si Qvant moría?
Una vez más, lo
ignoraba. Tendría que ejercer una vigilancia absoluta contra la más leve de las
tentativas de Qvant. Lo único de lo que podía estar seguro en aquel momento era
de que por fin tenía un cuerpo. No podía ser descrito exactamente como suyo, pero
al menos le había devuelto cierta libertad de movimiento.
Vigilancia
absoluta... Pero lo que él tenía era un cuerpo, no una bomba de perfusión
perfecta, y también él estaba sujeto a sus agotamientos... Vigilancia
absoluta...
Martels se
quedó dormido.
6
Martels tuvo
extraños sueños de caer por un tubo interminable cubierto de púas en forma de
colmillos, terminando por fin con la vaga y temible expectativa de que cuando
abriera los ojos lo único que vería sería un suelo polvoriento, masas de
estatuas y una pared no muy lejana. Pero mientras luchaba hacia el despertar,
penetró en sus fosas nasales el olor a tierra húmeda y a vegetación, y en sus
oídos los rumores de una selva, y supo que aquella parte de la pesadilla, al
menos, había terminado.
Al principio le
sorprendió descubrir que sus músculos no le dolían después de haber dormido en
el suelo, pero luego se dio cuenta de que no eran, al fin y al cabo, sus
músculos, y que Tlam tenía que haber dormido de aquel modo centenares de veces
a lo largo de su vida. Dado que el tribual no parecía estar despierto aún,
Martels demoró el abrir los ojos, y en vez de ello rebuscó en su propia mente
por si descubría la presencia de Qvant. Caer dormido había sido un criminal
descuido; pero, ¿cómo evitarlo? En cualquier caso, había tenido suerte, al
parecer. No pudo encontrar ningún rastro del ex Autarca.
¿Qué haría a
continuación? Qvant había dicho que el camino a la Antártida y Terminus tenia
que pasar a través de la región de los Pájaros, pero era posible que se
refiriese a la ruta más directa - la que le permitiría regresar a su
caja-cerebro en el tiempo más corto posible -, ya que Amra, el peticionario que
había aparecido inmediatamente antes de Tlam, había llegado de un territorio
fronterizo de la Antártida y había alcanzado el museo sin tener que pasar por
la región de los Pájaros. Esto sugería que el territorio de Amra no podía
encontrarse excesivamente lejos del museo, ya que era seguro que los tribuales
no tenían medios ni deseos de cruzar continentes enteros, y mucho menos
océanos, para obtener los dudosos beneficios de los enigmáticos consejos de
Qvant. Lo poco frecuente de sus visitas demostraba que no concedían demasiado
valor a lo que Qvant les decía, y que los consejos de este último les ayudaban
muy poco su lucha con el mundo en el que tenían que vivir.
Qvant había
confirmado también la sospecha de Martels de que el territorio de Amra se
hallaba en alguna parte cercana a lo que recibía el nombre de Tierra del Fuego,
lo cual significaba a su vez que el museo estaba situado en alguna parte de lo
que había sido América del Sur... y que allí había ahora un puente de tierra, o
al menos una extensión de agua fácilmente navegable, entre la cadena de islas y
el continente helado. En consecuencia, el primer paso consistía en permitir
pasivamente que Tlam regresara a su propia tribu. Aunque ésta se hallara al
norte del museo, Martels ignoraba tan por completo la geografía de la región,
que para él no existía otro medio para descubrir dónde caía el sur. Y, lo que
era más importante, dónde caía el este, que por el testimonio de Amra sabía ya
que era la región de los Pájaros.
Podría haber
también mucho que aprender a lo largo del camino... aunque esto planteaba otro
problema. Ahora, Martels tenía no sólo un cuerpo, sino un cerebro; pero, a
juzgar por su experiencia mientras semivivió con Qvant, Martels no tendría
acceso al conocimiento especializado del interior de aquel cerebro sin darse a
conocer a su propietario, y luego solamente con el consentimiento de aquel
propietario.
Hasta entonces,
al parecer, Tlam no sabía que estaba poseído; había ido a formularle una
pregunta a Qvant, sencillamente, había cometido una serie de inexplicables
actos de violencia contra el semidiós, y había huido tan asustado de sí mismo
como del oráculo. Martels, al revelarse a sí mismo, podría hacerse pasar por un
antepasado, o incluso por Qvant; y sabía ya que podría reasumir el control del
cuerpo de Tlam siempre que fuera preciso.
No, aquello no
funcionaría. Confundiría a Tlam, suponiendo que no volviera a llenarle de
pánico, y probablemente había lo mismo a aprender continuando el viaje en las
mismas condiciones que hasta entonces. Era preferible dejar que Tlam utilizara
su propio cerebro el mayor tiempo posible. El momento en que Martels tendría que
separarse de él llegaría probablemente demasiado pronto, de todos modos.
Tlam se removió
y sus ojos se abrieron, captando un primer plano de tallos, enredaderas, hongos
y cosas que parecían cipreses miniatura. El tribual pareció despertar casi
instantáneamente. En lugar de desperezarse, flexionó todo su cuerpo, tan
sinuosamente que no sacudió una sola hoja, y luego atisbó a través de la
maleza. Al parecer no vio nada alarmante, ya que se puso en pie sin tratar de
ocultar sus movimientos y buscó su desayuno en los racimos de bayas blancas. Su
sabor recordaba el de la sémola de maíz hervida y conservada durante diez años
en vino blanco salado y bióxido de azufre, pero hacía tanto tiempo que Martels
no había saboreado nada que le parecieron deliciosas. Unos metros más allá,
Tlam encontró un enorme cáliz azul de una flor que estaba lleno de rocío o de
agua de lluvia, caliente y ligeramente dulce, que mitigaba la sed. Luego, una
vez más, Tlam empezó a correr.
El tribual se
mantuvo en movimiento todo el resto del día. Su marcha era como la de un
caballo campo a través: al galope, al trote, al paso; al galope, al trote, al
paso; al galope, al trote, al paso, con interrupciones de diez minutos cada
hora para descansar, beber o comer una fruta pegajosa o un hongo picante.
Aunque su ruta era necesariamente muy serpenteante, al caer la tarde Martels
pudo observar que la filtrada luz verde-dorada del sol iba desvaneciéndose
hacia la izquierda. ¡Un tanto a favor! Marchaban en dirección al norte, al
menos aproximativamente.
Poco antes de
que oscureciera llegaron a un inmenso y espumeante torrente de río que a los
ojos de Martels parecía completamente imposible de cruzar, pero a Tlam no
pareció preocuparle el problema. Se limitó a encaramarse a los árboles que
formaban túnel encima del río. No habiendo visto nunca un bosque tropical ni
habiendo leído nada acerca de ellos, Martels quedó asombrado al descubrir que
las copas de los árboles, entretejidas con millares de lianas, formaban un
mundo separado y continuo, como si la Tierra hubiese, adquirido una segunda
superficie, o alguna visión primitiva del cielo hubiese descendido hasta
ponerse al alcance de los vivientes. Era un cielo en el cual las serpientes se
disfrazaban de enredaderas, las ranas vivían y procreaban en las charcas
formadas por las corolas de inmensas flores, animales simiescos casi tan
pequeños como ratas lanzaban nueces con una fuerza y una puntería asombrosas, y
ojos verdes en cuyas profundidades acechaba la locura atisbaban a veces desde
una oscuridad más propia de una caverna que del aire. Pero Tlam se movía sobre
aquella superficie con tanta facilidad como si lo hiciera sobre el suelo de la
selva; y cuando descendió, el río había quedado tan atrás que ni siquiera podía
ser oído.
Pasaron aquella
noche sobre una especie de plataforma natural que por la mañana resultó ser un
árbol tan retorcido como un manzano, pero con unos frutos semejantes a las
nueces. Tlam los abría aplastándolos con una mano de dos en dos, recordándole
incongruentemente a Martels un chiste picante italiano con más de veintitrés
mil años de antigüedad. Después de aquel desayuno, Tlam descendió al suelo y
reanudó su viaje: aunque ahora ya no corría; parecía encontrarse en territorio
familiar y acercándose a su punto de destino.
Y, de pronto,
habían llegado. Delante de los ojos de Martels se extendía lo que tenía que ser
una aldea, aunque no se parecía a ninguna que hubiera visto antes, ni siquiera
en películas. Aunque el claro que ocupaba era bastante amplio, un tresbolillo
de viejos árboles había sido dejado en pie en él, de modo que quedaba cubierto
aún por el denso techo del bosque. Situados regularmente sobre el suelo
despejado, había unos pesados escudos de madera, cada uno de ellos de unos
quince pies de diámetro, boca abajo y con los bordes sostenidos a no más de
seis pulgadas del suelo por unas recias cuñas de madera que habían sido
clavadas a través de los bordes de los escudos y luego sólidamente en la
tierra. Los bordes eran circulares, pero la curvatura de los escudos, según
observó de un modo maquinal la parte matemática de la mente de Martels, era
casi plana, hasta el punto de que si se hubiese intentado derivar su valor para
pi de la convexidad de uno de ellos, el valor hubiera sido probablemente tres
coma cero, tal como los babilonios lo hubiesen medido.
Enredaderas y
lianas habían sido tejidas sobre aquellas superficies muy ligeramente
abultadas, y cada una de ellas dejaba asomar unos pinchos que alcanzaban hasta
un pie de longitud. Todo estaba dispuesto, evidentemente, como una defensa
contra un ataque desde el aire. Si Martels hubiese tenido alguna duda, habría
quedado disipada inmediatamente por los pájaros - una especie de halcones, de
diversos tamaños - empalados en el pincho central de cada escudo, y por las
manchas en las puntas de todos los pinchos más largos, algunas de las cuales
eran evidentemente sangre seca, pero la mayoría de colores distintos sugerían
que habían sido pintados con veneno.
Considerando lo
que todo aquello implicaba acerca de los Pájaros. Martels se sintió súbitamente
menos seguro, y pensó si no hubiese sido más feliz en la caja-cerebro. Allí, el
comentario de Qvant de que los Pájaros eran peligrosamente inteligentes había
sido solamente una abstracción. Aquí había una prueba evidente de que la tribu
de Hawkburrow de Tlam esperaba en cualquier momento una tentativa concertada de
Pájaros de todos los tamaños - y no sólo halcones -, y ser descascarados como
una almeja, o descorchados como una botella de cerveza.
No parecía
haber nadie por allí, pero Tlam se detuvo en el borde del claro y profirió un
sonoro grito. Transcurridos unos instantes que parecieron larguísimos, se oyó
un sonido reptante, un borde de la choza más próxima se alzó cautelosamente y
un rostro miró hacia arriba.
- Bienvenido
con vida, Tlam - dijo el rostro con voz chillona, frunciendo sus ojos contra la
luz, aunque la cabeza calva permanecía aún en la sombra.
El cuerpo que
pertenecía a la cabeza reptó hasta salir al claro y se puso en pie. El
habitante resultó ser una robusta joven, también desnuda, pero también limpia.
Evidentemente, los suelos de las madrigueras no eran de tierra, sino que
estaban cubiertos.
Tlam dijo:
- Tengo que ver
a los Ancianos inmediatamente.
La muchacha
vaciló.
- Están
durmiendo después de una noche de cacería. ¿Tan grave es la respuesta del Qvant
que no admite espera?
El Qvant. De
modo que era un título. El descubrimiento no parecía ser de ninguna utilidad...
aunque no había modo de saberlo.
- El asunto es
muy grave y no puede esperar. Despiértalos.
- Muy bien.
La muchacha se
dejó caer sobre sus manos y rodillas y se deslizó de nuevo al interior de la
choza, no sin una exhibición que le hizo recordar a Martels que tenía un
cuerpo... y que siempre había tenido muy mala suerte con las mujeres. Obligó a
sus pensamientos a concentrarse en el tema principal. La inmediata obediencia
de la muchacha sugería que Tlam tenía algún peso aquí..., incluso podía ser una
especie de jefe. Esto podría resultar útil. A no ser que los tribuales tuvieran
esclavos. Esto era algo que nunca había sido mencionado, y parecía sumamente
improbable; la selva haría demasiado fácil la fuga.
Mientras Tlam
esperaba, aparentemente tranquilo, Martels se interrogó también acerca de la
cacería nocturna. La idea de deslizarse por la noche a través de la selva, sin
poder ver a cualquier Pájaro en acecho, resultaba poco plausible; y Tlam se
había puesto siempre cuidadosamente a cubierto en cuanto anochecía, durante su
viaje. Desde luego, casi todos los pájaros de su propia época que él conocía
dormían por la noche, aunque había también rapaces nocturnas; y uno de los
peticionarios de Qvant (del Qvant) había mencionado lechuzas. Lo que podía ser
una lechuza del siglo CCL no era una idea agradable. Pero el hecho de que Tlam
no supiese que los Ancianos estaban durmiendo sugería que la cacería nocturna
era sólo un acontecimiento ocasional y quizá raro.
La muchacha
apareció de nuevo. Sin salir, hizo una seña y volvió a desaparecer. Tlam se
agachó y se deslizó a través de la puerta.
El hueco debajo
del escudo resultó ser sorprendentemente profundo y espacioso, y como Martels
había sospechado, estaba alfombrado con pieles cosidas unas a otras. Estaban
bien curtidas, ya que el único olor que se percibía era el de un leve y
reciente sudor humano. No había ninguna luz, pero la claridad del día se
filtraba por debajo del escudo, haciendo que la iluminación resultara algo
mortecina, pero en ningún caso lúgubre.
Siete hombres
estaban formando un círculo, sentados en una postura que recordaba la posición
loto del yoga. A pesar de su título colectivo, no parecían ser mucho más viejos
que el propio Tlam, lo cual podría interpretarse que la vida de aquellas
personas era de corta duración. A pesar de que acababan de ser arrancados del
sueño, los siete parecían hallarse en estado de alerta, aunque varios de ellos
tenían también un aspecto enfurruñado.
Tlam se situó
en el centro del círculo y se sentó a su vez. En aquella posición, todos los
Ancianos parecían sobresalir por encima de él. Jefe o no, Tlam pareció
aceptarlo como absolutamente normal.
- ¿Cuál fue la
respuesta del Qvant, jefe Tlam? - dijo uno de ellos, sin preámbulo -, y por qué
es tan urgente?
- No hubo
ninguna respuesta, Ancianos, y ni siquiera formulé la pregunta. En el momento
mismo en que me fue permitido introducirme en la atención del Qvant, me
encontré a mí mismo atacándole.
Brotó un
murmullo de asombro.
- ¿Atacándole?
- dijo el que había hablado en primer lugar - ¡Imposible! ¿Cómo?
- Con dos
objetos del suelo del museo, que utilicé como mazas.
- Pero, ¿por
qué? - inquirió otro de los Ancianos.
- No lo sé.
Ocurrió simplemente, como si estuviera poseído.
- Eso no es
ninguna disculpa. Nadie es poseído contra su voluntad. ¿Tomó represalias el
Qvant?
- No - dijo
Tlam -. Ni le causé ningún daño, desde luego. En cuanto me di cuenta de lo que
estaba ocurriendo, eché a correr... y él no hizo nada para evitarlo.
- Desde luego
que no causaste ningún daño al Qvant - dijo el segundo de los Ancianos que
había hablado, en tono indignado -. Pero el daño que has causado a la tribu puede
ser irrevocable. ¡No sabes lo que nos sucederá, si el Qvant envía sus poderes o
su espíritu contra nosotros! ¡Y aunque no lo haga, no podremos volver a
formularle ninguna petición mientras tú vivas!
- Esto es lo
que creo yo también - dijo Tlam con una asombrosa serenidad, y Martels recordó
cuán orientada a la muerte estaba aquella gente -. Por eso me he apresurado a
someterme a vuestra sentencia.
Tlam inclinó la
cabeza, y después de aquello se produjo un silencio que se prolongó
interminablemente. Martels había previsto algún tipo de discusión entre los
Ancianos, pero no fue pronunciada mi una sola palabra. Estaban comunicando con
sus antepasados. Parecía ser la única respuesta plausible. A Martels le hubiera
gustado mirar a su alrededor en busca de la muchacha, pero, evidentemente,
había permanecido junto a la puerta. De todos modos no cabía esperar ninguna
ayuda de ella; sólo había sido un impulso: Martels estaba orientado a la vida.
Finalmente, el
primero de los Ancianos dijo, con una voz remota y cantarina:
- Jefe Tlam,
¿querrás espada o Pájaro, ejecución o exilio?
Era una
pregunta puramente ritual, y en esta cultura sólo podía haber una respuesta.
Inmediatamente, Martels entró en acción y suprimió a Tlam. No intentó dictar
otra respuesta, sino que se limitó a paralizar del todo el centro del lenguaje
de Tlam, como Qvant había hecho tan a menudo con el de Martels. Pudo captar el
shock de Tlam, mientras los tribuales le sentían poseído de nuevo por algo
desconocido y extraño en un momento crucial.
Se produjo otro
largo silencio, aunque no tan largo como el primero. Finalmente, el primer
Anciano dijo, con una voz que rezumaba desprecio:
- ¿Cómo pudimos
equivocarnos hasta el punto de convertirte en un jefe? Nuestros antepasados se
debilitan y nuestro criterio también. Tu coraje es inferior al de un niño. Sea
el exilio, entonces..., y recuerda, mientras los Pájaros te destrocen, que has
sido el primero de nuestra tribu en temer la clemencia de la espada. El castigo
es mucho más grave que el delito... pero tú mismo lo escogiste.
En un momento
de piedad que sabía que podía ser temerario, Martels se apresuró a liberar a
Tlam para ver si el depuesto jefe; alegaba algo en su descargo. Pero Tlam
estaba demasiado impresionado, humillado y confuso para decir nada, aunque
hubiese deseado hacerlo. Se arrastró silenciosamente hacia el exterior. Cuando
cruzaba la puerta de la madriguera, la muchacha le escupió en la nuca.
Una vez fuera,
se puso en pie y miró a su alrededor parpadeando, tenso inseguro. Era evidente
que la situación no tenía precedente: era algo en lo que ni siquiera había
pensado en toda su vida bajo aquellas costumbres, ninguna otra tribu le
aceptaría; no podía vivir mucho tiempo dependiendo de sus solas fuerzas.
Inexplicablemente, había optado por el exilio... y no tenia ningún lugar a
donde ir.
¿Debía Martels
tomar posesión ahora de él? Martels necesitaría el conocimiento instintivo del
tribual, y su experiencia de cómo vivir en la selva; por otra parte, dada su
mentalidad y sus actitudes, Tlam podía hacerse el hara-kiri, o en el mejor de
los casos sumirse en una apatía suicida. Era la elección de Hobson.
El propio Tlam
decidió en contra de permanecer allí por más tiempo y enfrentarse al desprecio
de toda la aldea. Se encaminó, lentamente hacia el bosque. Y entonces fue
cuando Martels le obligó a marchar hacia el sur, hacia Terminus y la región de
los Pájaros.
Por fin había
empezado el verdadero viaje.
7
Mientras
avanzaban hacia el sur, Tlam pareció hacerse gradualmente más fatalista, de
modo que Martels fue advertido por un súbito aunque leve incremento del tono
muscular del tribual cuando penetraron en lo que Tlam consideraba que era la
región de los Pájaros. Pero durante varios días no vieron ningún pájaro; la
pauta de andar, ocultarse, dormir y andar de nuevo volvió a convertirse en una
rutina, que Martels le dictaba a Tlam. Nadie que observara al tribual desde el
exterior podría haber sospechado la tensión dialéctica entre la ofuscada
desesperación de Tlam y el creciente apremio de Martels que constituía el hecho
central de su vida interior.
Luego vieron un
pájaro. Era un animalito de color pardo, semejante a un gorrión, pero al verlo
Tlam quedó como helado, como un conejo a la vista de una serpiente. El pájaro a
su vez movió la cabeza arriba y abajo, con las garras engarfiadas al extremo de
una rama muy baja. Su mirada parecía virtualmente inexpresiva, y al cabo de
unos instantes dejó oír un trino indiferente y salió disparado hacia el
interior del bosque, como un proyectil con plumas.
Resultaba
difícil creer que semejante animalito podía ser peligroso... pero los virus del
cáncer llegan también en pequeños paquetes. Tlam permaneció inmóvil durante
varios minutos después de que el pájaro se hubiera marchado, y cuando reanudó
la marcha lo hizo adoptando mayores precauciones y mirando continuamente a uno
y otro lado. No se equivocaba; ya que al día siguiente vieron otros tres
pájaros semejantes a gorriones, y al otro día, cinco. A la mañana del día
siguiente, cuando salieron de la madriguera en la que habían dormido,
encontraron a un animal de color negro humo, semejante a un enorme cuervo,
mirándoles fijamente, con la cabeza inclinada, su cuello extendido como una
serpiente, los ojos vidriados y sin parpadear.
Recuerdos de
Macbeth y de Edgar Allan Poe hubieran hecho estremecer a Martels si hubiese
estado en su propio cuerpo, pero Tlam estaba aún nominalmente a cargo del suyo,
y volvió a quedar helado. Por motivos muy diversos, ninguna de las dos mentes
quedó sorprendida cuando el pico del pájaro se abrió, su garganta se frunció y
latió, y dijo con voz estridente, parecida a las uñas rascando sobre una
pizarra:
- Márchate a tu
casa.
- Ya no tengo
casa - dijo Tlam tristemente -. Me han echado de mi tribu y de todas las tribus
de hombres.
- Márchate a tu
casa - repitió el pájaro -. Me apetecen tus ojos. Y el Rey me los ha prometido
si no te marchas.
Curiosamente,
esto no pareció asustar más a Tlam. Quizás era una amenaza típica... o quizá,
si no había estado nunca aquí, había alcanzado ya los limites de su terror. Martels
recordó una frase de la ciudad de la noche terrible, de James Thompson: Cuando
no hay esperanza, no puede haber miedo. El tribual se limitó a decir:
- No puedo.
- El Rey te
oye.
- No me
importa.
- Márchate a tu
casa.
- No puedo.
Aquel
intercambio amenazaba con convertirse en un rito, y desde luego no aportaba
ninguna información. Con creciente impaciencia, Martels penetró a través de la
parálisis de Tlam y le puso de nuevo en movimiento, aunque sin eliminar los
residuo sustanciales de la cautela del tribual. El pájaro no se movió, pero
Martels pudo notar su mirada fija taladrando la nuca de Tlam.
Poco después,
sin embargo, Martels empezó a notar una sorprendente resistencia a seguir
avanzando; sorprendente no sólo porque había supuesto que Tlam se alegraría de
alejarse del pájaro, sino por su inesperada fuerza. Con cierto interés, aflojó
el control casi del todo; si existía algún motivo para aquella resistencia,
Martels le urgía saber de qué se trataba.
Tlam retrocedió
cautelosamente hasta un emparrado en el que había un árbol enorme a su espalda
y mucho espacio libre delante y encima. Sus movimientos eran más precavidos que
nunca, como si sospechara del grado de su nueva libertad, y esperase ser
poseído de nuevo en cualquier momento. Martels le permitió instalarse a su
plena satisfacción, sin incurrir en ninguna interferencia.
Durante unos
instantes, el tribual se limitó a descansar; pero finalmente susurró:
- Inmortal
Qvant, o espíritu enviado por Qvant, escúchame.
Martels no dijo
nada, a pesar de experimentar la profunda; preocupante sensación de que debía
contestar, aunque sólo fuera para estimular al tribual a continuar. Pero, al
parecer, el silencio no era más de lo que Tlam había esperado. Después de
repetir la invocación, continuó:
- Ignoro por qué
me has echado de tu presencia y has querido que mi tribu me exiliara. Ignoro
también por qué me has arrastrado hasta el interior de la región de los
Pájaros. No he hecho nada para merecer tu odio; mi misma locura en tu templo
sólo pudo ser provocada por tu «yo» inmortal, ya que seguramente mis
antepasados nunca me hubieran impulsado a ella. Dime lo que deseas. ¿Qué es lo
que he hecho, que tenga que morir por ello? ¿Qué clase de destino me has
asignado? ¿Cómo puedo realizar tus deseos? ¡Contesta, inmortal Qvant, contesta,
contesta!
El discurso no
carecía de dignidad, pero no había ninguna respuesta que Martels pudiera darle,
ni ninguna esperanza de justicia a la luz de los propósitos de Martels, Tlam
estaba más cerca incluso de ser un animal destinado al sacrificio que el
tribual que el mismo sospechaba ser. Ninguno de los dos tenía mucho futuro,
pero nada de lo que Martels pudiera explicar lo haría más brillante para Tlam.
Lo único que podía hacer era permanecer silencioso.
- ¡Inmortal
Qvant, contéstame, contéstame! ¿Qué debo hacer paz apaciguarte? Los Pájaros no
tardarán en oír mi mente, y quizá la tuya... o la de tu criatura. Y entonces su
Rey se apoderará de mi y me interrogará hasta la muerte. ¿Qué respuesta le
daré? ¿Cuál es el objetivo de esta posesión? ¿Debo morir sin saberlo? ¡No he
hecho nada, nada, absolutamente nada por lo que merezca la muerte!
Aquel grito
había sido viejo cuando había brotado de las gargantas de los hoi polloi en el
saqueo de Siracusa. Había una respuesta: Has nacido..., pero no serviría de
nada ofrecerla.
Por tercera
vez, Tlam gritó:
- ¡Inmortal
Qvant, o espíritu enviado por Qvant, concédeme tu atención! ¡Contesta a tu
peticionario!
Martels siguió
guardando silencio... pero notó una leve excitación en la parte posterior de su
cerebro, semejante a la sensación de despertar lentamente de un sueño
reiterativo; y luego sus labios se removieron, su pecho se alzó, y su corazón
se hundió mientras se oía a sí mismo decir con una voz demasiado familiar:
- Estoy
contigo, tribual..., y tu demonio no es ninguno que yo te haya enviado. Sin
embargo, obedece a su apremio, y no temas a los Pájaros. Nuestra hora todavía
no ha llegado.
El hombre de
mente triple se levantó y avanzó como un sonámbulo, hacia el sur una vez más.
8
Martels no
necesitaba ser un ornitólogo para saber que el vuelo en formación, las
migraciones y el instinto de volver a casa de los pájaros han sido siempre un
misterio. Su padre, al igual que numerosos ingleses de la clase baja de su
época, había criado palomas, y ocasionalmente había obtenido dinero para
apostar en las carreras de caballos o las quinielas vendiendo un ejemplar
favorito a otro aficionado. Entonces circulaban muchas teorías acerca de la
peculiar conducta de los pájaros; una de las más fantásticas era la de que los
animales tenían el equivalente a limaduras de hierro en sus oídos internos - o
en sus huesos huecos -, las cuales les capacitaban para navegar directamente a
lo largo de las líneas de fuerza magnética de la Tierra.
Naturalmente,
una de las primeras hipótesis había sido la de que eran telépatas: y ahora, al
contrario de todas las anteriores inclinaciones de Martels, estaba dispuesto a
creer que ésta era de hecho la explicación más plausible.
Qvant no volvió
a hablar. El ser de mente triple que era Tlam caminaba incansablemente hacia el
sur, sin necesidad de que Martels le apremiara, y bajo su propia guía, como
antes, cuidando también de las minucias del viaje. Martels, en un segundo
plano, seguía especulando.
Desde luego,
había que empezar descartando todas las observaciones del siglo XX sobre la
telepatía, basadas únicamente en testimonios personales. Cada vez que un Rhine
o un Soal los llevaban al laboratorio, se evaporaban en las nubes de la
propensión de aquellos investigadores a aplicar algún otro nombre a los
resultados desfavorables. El contacto directo con ella, aquí, ahora, parecía
indicar que estaba sujeta a la ley del cuadrado inverso, o, en otras palabras,
que disminuía con la distancia; y si los pájaros - incluso los pájaros con
cerebro de pájaro de la época de Martels - habían sido siempre capaces de
utilizarla, probablemente había empezado como una especie de detector de mentes
y de intenciones.
Semejante
capacidad quedaría naturalmente eliminada en los seres sensibles, dado que
desde el punto de vista de la evolución la inteligencia ejercería las mismas
funciones mucho mejor. Esto dejaría atrás únicamente los enloquecedores
vestigios - una especie de apéndice vermiforme de la mente - que habían
decepcionado de un modo tan persistente a los ocultistas más sinceros, de
Newton en adelante. Tal vez la psicología de las multitudes era otro de
aquellos vestigios; en tal caso, era definitivamente anti-supervivencia, y
sería eliminado con mayor rapidez aún. Incluso para los Pájaros de este siglo
no tenía mucho futuro..., pero Martels debía tratar con ellos en el presente.
Otro problema:
¿Cómo estaba unido Qvant a Tlam y Martels? ¿Se hallaba dentro del cráneo de
Tlam, como Martels parecía estar ahora? ¿O se encontraba aún en el museo,
dentro de la caja-cerebro asaltada, con sólo un leve tentáculo espiritual
extendido para conectarle con el tribual, quizás a través del propio Martels?
Según la hipótesis de Martels, esto último tenía que ser imposible, pero los
hombres de Renacimiento III podían haber devuelto fácilmente la telepatía a la
raza humana, del mismo modo que la época de Martels había recreado los uros, y
que el pueblo de Qvant había hecho a éste portador de los poderes hipnóticos y
de proyección. Qvant había mencionado algo llamado apareamiento general, «en el
cual los Pájaros son instintivamente expertos». ¿Cuáles eran las leyes
subyacentes en un fenómeno de este tipo? Qvant las conocía, sin duda, pero
resultaban imposibles de deducir por chiripa, al menos por alguien que había
sido tan escéptico como Martels hasta que se vio sumergido en esta época.
Fueran las que
fuesen aquellas leyes, parecían confundir a los Pájaros. Mientras el cuerpo
cada vez más descuidado del hombre triplemente habitado se sumergía a través de
los espinos, enredaderas y frondas del siglo del pleno verano, los Pájaros se
reunían su alrededor, picoteando, volando como flechas, agresivos y
amenazadores, aunque sin descargar el fatal ataque final que Martels - y,
evidentemente, Tlam - esperaba en cualquier momento. Se sentían como un buey
conducido al matadero, incapaz de comprender la que estaba ocurriendo, seguro
únicamente de que unos seres a los que hasta hacía muy poco había considerado
como pequeñas molestias, se habían convertido súbita y misteriosamente en
malignos.
Qvant no
ayudaba, ni siquiera superficialmente, pero un leve y complaciente zumbido, en
alguna parte próxima al cerebelo de Tlam, o incluso más abajo, cerca del
encéfalo, advertía a Martels de que continuaba allí, de un modo u otro. Aquello
era útil, en un sentido, dado que no se inmiscuía en el impuesto Drang nach
Suden de Martels; pero, al mismo tiempo, Martels estaba convencido de que furor
que mostraban ahora los Pájaros rodeándoles como una tormenta de plumas tenia
algo que ver con la inminencia de Qvant. Después de todo, ¿no había dicho el
propio Qvant que él era un símbolo de todo lo que los Pájaros odiaban y temían
más? Martels estaba segur de que un solo hombre ocupado por su propia mente
hubiera sido destrozado mucho antes de haber visto el primer Pájaro rapaz; en
parte, el triple ser no era atacado porque los Pájaros captaban en él algo
peculiar que odiaban y necesitaban conocer al mismo tiempo... y que eran
incapaces de averiguar por medio de la telepatía directa.
Así fue cómo
llegó por fin a la Torre sobre Patas Humanas.
Desconocía el
tamaño total del museo en el cual había despertado en este mundo, pero una
especie de filtración entre la mente de Qvant y la suya propia le dijo que la
Torre era considerablemente mayor. Había sido erigida en un claro natural casi
tan grande como para ser un prado cubierto la mayor parte con su base, y todo
él con su sombra.
Las tres
columnas que la sostenían en alto eran, desde luego, su característica más
impresionante. Originalmente habían sido árboles muy viejos, cada uno de los
cuales podía haber formado el núcleo de una respetable torre medieval, con una
escalera de caracol labrada en la misma madera, como varias que Martels había
visto en París. Aquí constituían las puntas de un triángulo casi equilátero,
con partes de sus gruesas raíces por encima del suelo. Tal vez habían sido
aquellas raíces las que habían sugerido originalmente la idea de modelar las
columnas en forma de pies y piernas humanos, con los pulgares hacia arriba, en
tanto que la Torre propiamente dicha se erguía como una falda tubular
exageradamente larga. O quizá los Pájaros sólo habían ceñido inicialmente los
árboles para interrumpir su crecimiento, y al arrancar la corteza habían dejado
al descubierto accidentalmente un parecido preexistente, acrecentado por la
blancura marfileña de la madera del tronco. El trabajo en sí se había realizado
evidentemente con algo semejante a un cuchillo de dos mangos opuestos, ya que
Martels pudo ver la lisura de las largas pasadas de la herramienta: una técnica
hábilmente utilizada para acentuar lo achatado de la espinilla humana.
La Torre
propiamente dicha había sido fijada alrededor de los árboles como una serie de
cilindros de igual tamaño, y los lados de aquélla eran pieles de animales
bellamente cosidas con los más finos cordeles de cuero. A primera vista, las
pieles parecían haber sido escogidas al azar, pero vistas desde lejos ascendían
desde el prado en largas y sinuosas líneas que confluían en la parte superior
de la estructura como la estilizada llama de una vela. Su punta, sin embargo,
no era visible desde el lugar en el que se encontraba Martels; probablemente,
el efecto total podía ser apreciado mucho mejor desde el aire.
El cuerpo
principal no resultaba fácil de ver entre las nubes de pájaros que lo rodeaban
continuamente, y Martels no tuvo ocasión de examinarlo de un modo detallado. Se
vio arrastrado debajo del inmenso trípode hasta su centro exacto, donde había
un delgado poste central en torno al cual sobresalía una espiral de clavijas
ascendentes. Unos humillantes picotazos en el trasero de Tlam le indicaron que
tenía que trepar por ellas.
Las clavijas no
habían sido cortadas ni espaciadas para hombres, y dado que la luz se hacía más
escasa a medida que ascendía, él concentró toda su atención en evitar una
caída. Eventualmente, se quedó sin aliento, y tuvo que sentarse en una de las
clavijas, que parecía lo bastante recia como para aguantar su peso, apoyando
los pies y las manos en las dos contiguas. Jadeando, se pegó al poste y a las
clavijas y miró hacia arriba.
Encima de él
parecía existir un universo en forma de rodillo extendiéndose en el infinito y
salpicado a lo largo de sus costados de pequeñas estrellas, cuyo brillo
aumentaba de un modo desconcertante con la distancia. Unas extrañas masas nebulosas
las ocultaban ocasionalmente, y la titilación era abundante. Lo entrecruzaban
barras de luz, algunas de ellas desprendidas de las estrellas más brillantes, y
otras de un aspecto más sólido y ubicadas en ángulos distintos, como si aquel
universo tuviera una armazón métrica visible. El gorjeo, revoloteo y chirrido
de los pájaros en el exterior se transformaba aquí en un trinar apacible, una
audible música de las esferas, sacudida de vez en cuando por un estremecimiento
más hondo o un batir de alas más amplio.
Al cabo de unos
instantes, sus ojos se acostumbraron a la semipenumbra y empezó a ver lo que
realmente había que ver. No fue mucho menos notable que su primera impresión, y
las dos tendían a intercambiarse bruscamente, como una ilusión óptica. Las estrellas
eran lugares de reunión de las esquinas de las pieles; los astiles eran a veces
verdaderos rayos solares, tan directos e intensos como la luz laser; y más
raramente eran las costillas radiales de los cilindros. Aquellas costillas, más
las clavijas cada vez más largas del poste por el que estaba trepando,
proporcionaban una serie de perchas sobre las cuales estaban posadas unas
grandes figuras de color pardo en aparente somnolencia salvo por un ocasional
revoloteo, Aquí y allá, ojos como medias lunas se inclinaban a mirarle,
velándose con una membrana y luego abriéndose de nuevo. Había toda una
jerarquía de Pájaros dentro de aquella Torre, y Martels no tenía ninguna duda
acerca de quién estaba en la cumbre. Este universo era suyo, cada mota y cada rayo.
Su guardia de
honor había desaparecido ahora, y a excepción de las medias lunas, nadie
parecía prestarle atención. Miró hacia abajo. El disco pardo del suelo debajo
de la torre parecía el extremo de un túnel desde aquella perspectiva
artificial, pero la única experiencia de haber caído por el tubo de un
telescopio le daba motivos para creer que era una caída a la que podía
sobrevivir, especialmente si empezaba por columpiarse hacia abajo en las
clavijas, como un mono. Y una vez llegara al suelo, probablemente podría
escurrirse a través del prado y meterse de nuevo en la selva antes de que los
pájaros se dieran cuenta de que era capaz de hacerlo. Parecía muy improbable
que algún hombre hubiese sido arrastrado hasta tan lejos en el universo
lobachevskiano de los Pájaros, o al menos no durante décadas, y, además,
probablemente no estaban equipados apreciar con cuánta rapidez un hombre puede
dar el salto atrás hasta sus antepasados cuadrúpedos cuando le impulsa la
necesidad. Sus propios antepasados fueron dinosaurios bípedos incluso más lejos
en el pasado. Pero tendría que actuar con rapidez. Más y más medias lunas le
contemplaban ahora, y sintió una obsesiva presión irradiando desde centro de su
mente, como si aquellos ojos estuvieran preguntando su identidad. Moviéndose
hacia adelante hasta que la mayor parte de su peso descansó sobre sus pies, se
preparó para el largo descenso a través del negro y plúmeo continuum...
A media altura,
el parpadeante túnel vertical y el disco de tierra debajo de él se oscurecieron
del todo, y por segunda vez Martels se encontró entablando una lucha a muerte
con el Qvant. La batalla era silenciosa, lo cual proporcionaba a Qvant bastante
ventaja para que Martels no pudiera dedicar su atención a su entorno inmediato.
Corrientes de odio surgían a través de un caos sin forma ni ubicación en el
cual las únicas cosas reales eran los combatientes. Pasaron así eternidades de
segundos, sin saber quién era martillo quién era yunque, sin más sonido de
fondo que un grito lejano que podría haber sido de Tlam.
Todavía estaban
luchando cuando el cuerpo del tribual chocó entra el suelo.
9
Un profundo y
torturarte dolor despertó a Martels de un sueño que él hubiera preferido
infinitamente que fuese interminable. Gruñó se movió experimentalmente. Había
chocado contra el fondo del telescopio, sin duda; pero, ¿por qué estaba hecho
de piel de tambor Más bien que de cuarzo fundido? Pero los radiotelescopios no
tienen espejos de cuero, tampoco: ¿por qué no había allí piel de tambor? fuera
cual fuese el motivo, podía notar cómo se flexionaba cuando se movía, emitiendo
un profundo ronroneo. Le respondían unos ecos lejanos, al parecer desde abajo.
Había luz sobre
sus párpados, pero Martels no los abrió todavía, acuchando en vez de ello
dentro de su propia psique, tratando de captar la presencia de un desconocido
enemigo. ¿Qvant? El nombre le hizo recordar todo lo sucedido y se tensó
inmediatamente.
De momento, no
parecía haber ningún rastro del Autarca. Una impresión de alerta sugirió que
Tlam estaba también despierto, quizá llevaba despierto algún tiempo. Claro,
aquello encajaba: la primera persona en despertar de le impresión de una
prolongada caída sería el tribual, y el Qvant, que no había estado en un cuerpo
durante algunos siglos, sería el último. Aquél era un detalle a recordar: el
dolor físico era un aliado contra el Qvant.
Martels se
incorporó sobre un codo y miró a su alrededor. Ahora parecía encontrarse en el
cilindro más alto de la torre, que era más pequeño que todos los demás, y en
consecuencia había sido invisible desde el suelo. No tenía ningún poste
central, sólo las costillas radiales y los miembros circulares del propio
cilindro. Además, estaba abierto por tres de sus lados, mediante paneles que
habían sido dejados sin cubrir, simplemente. La alta cámara era incómodamente
fría, lo cual le hizo darse cuenta que de no tener ninguna sensación en la
caja-cerebro había pasado a experimentar un incómodo calor todo el tiempo hasta
ahora. ¿Acaso este maldito siglo no tenía términos medios?
Se incorporó
trabajosamente hasta quedar sentado y miró hacia arriba. Había comprobado ya
que esta dirección, a la cual nadie presta demasiada atención en la vida
normal, era la que contaba en la región de los Pájaros. Podía haberlo deducido,
pero adquirir la costumbre era algo distinto: como un inglés que sabe que los
americanos conducen por el lado contrario de la carretera, pero no conecta este
conocimiento con mirar a la izquierda en vez de a la derecha cuando toma una
curva.
En efecto. En
lo más alto de aquel sombrero cilíndrico había otra percha, rodeada de crueles,
afiladas y ocasionalmente móviles garras; luego un largo, grasiento y plumoso
pecho de color negro azulado; y al final, unos hombros estrechos de reptil y un
pico largo y estrecho rematado por unos ojos muy estrechos. El animal parecía
un buitre gigantesco, pero había anillos sobre sus ocho escamosos dedos, las
uñas de cada garra central habían sido limadas como navajas de afeitar, y sobre
su esternón llevaba un brillante emblema esmaltado con algo muy semejante al
símbolo taoísta de Yang y Yin, el símbolo más antiguo de la historia. El
monstruo no parecía dormir; por otra parte, no parecía mirarle. Se limitaba a
estar allí, aterrador y potente.
Cuando Martels
alcanzó la abertura más próxima del cilindro, comprendió por qué. La distancia
desde allí hasta el primer suelo era sólo de unos seis metros, pero el primer
suelo era también parcheado, y sin duda lo atravesaría fácilmente; y desde
allí, había quizá más de trescientos metros de distancia a través del universo
cilíndrico hasta el prado.
La vista desde
aquí sobre el bosque hubiera sido hermosa si Martels hubiese estado en
condiciones de apreciarla, pero estaba contaminada por pájaros de todos los
tamaños, a todas las distancias posibles y en continuo revoloteo.
Evidentemente, como cautivo, Martels era algo especial.
Inquieto, se
acercó a la ventana siguiente. Aquellas aberturas parecían alternarse con las
patas de la Torre apoyadas en el suelo. En lo esencial, la vista no había
cambiado aquí; Martels se dirigió a la última.
Lo mismo. No,
no del todo. La luz era distinta. Y algo más: no parecía haber ningún horizonte
en este lado: quedaba oculto por lo que parecía ser casi una muralla de niebla.
Se sintió
acometido por una intensa excitación, a pesar de sus esfuerzos por preservarla
de Tlam y de la problemática presencia del Qvant. Sus conocimientos
astronómicos, su experiencia con Tlam para orientarse en la selva, e incluso un
vago recuerdo del Arthur Gordon Pym, de Poe, se combinaban como otras tantas piezas
de un rompecabezas.
Estaba mirando
al sur sobre el estrecho de Drake hacia la península de Palmer de la
Antártida... o lo que habían sido aquellas otras tierras y mares en su época.
Con la mente
bamboleante de deseos inconcretos, se pegó al borde del costillaje del cilindro
y se sentó, consciente además de que su cuerpo prestado estaba débil, con
hambre, magullado, pegajoso y sucio con su paso a través de savias y resinas
de. la selva, dolorido por el esfuerzo y agobiado por la sed. Encima de él, un enorme
animal semejante a un buitre rumiaba, semisoñoliento, pero evidentemente
alerta. Allí estaba la Tierra Prometida, pero en lo que a Martels respecta la
cortina de niebla que señalaba el comienzo del casquete de hielo podía haber
sido perfectamente la capa de cristales de hielo que delimitaba la atmósfera de
Marte.
Si unos grandes
pájaros semejantes a gaviotas hubieran surgido de entre la niebla volando hacia
él y gritando Tekeli-li, no podría haber estado más seguro... ni más indefenso.
Detrás del
conocimiento brotó una leve corriente burlona. El Qvant estaba despierto.
Uno de los
pájaros aleteantes estaba acercándose a la torre; al observarlo, Martels se dio
cuenta de que había contemplado subconscientemente cómo se aproximaba durante
algunos minutos. Súbitamente se precipitó hacia él como una bala de cañón. Se
apartó de la abertura, apoyando la espalda contra las pieles.
Se produjo un
aleteo encima de él mientras su guardián se trasladaba a una percha más
elevada. Su lugar fue ocupado inmediatamente por una efigie escarlata y dorada
casi tan alta como él. No llevaba ningún emblema, pero no lo necesitaba; su
plumaje, su porte, su misma forma - una combinación que recordaba al mismo
tiempo al águila y a la lechuza, sin parecerse mucho a ninguna de las dos -, le
dijeron que éste era el Rey.
El gran Pájaro
le observó en silencio durante varios minutos, velándose con una membrana de
vez en cuando. Finalmente, el ganchudo pico se abrió y una voz ronca y profunda
dijo:
- ¿Quién eres
tú?
Martels se
preguntó si el Rey tenía alguna sospecha de lo difícil de contestar que sería
aquella pregunta aparentemente rutinaria. Dadas las circunstancias, pensó que
seria preferible dejar que hablara Tlam, en el supuesto de que el Qvant no se
entrometiera. Pero el Qvant no pareció dispuesto a intervenir.
- No soy nada,
Señor Rey. En otro tiempo fui un hombre de la tribu de Hawkburrow, pero he sido
expulsado de ella como un poseído por el demonio.
- Nosotros
vemos lo que eres - dijo el Rey -. Lo que tratamos de comprender es la naturaleza
de tu yo interior. Eres tres en uno, como la peana de nuestro mundo. El tribual
no es digno de nuestra atención; pero es un hijo de Hombre. ¿Quiénes son esos
otros?
Martels tuvo
una repentina inspiración. Dijo, con su propia voz
- Yo, Señor
Rey, soy el antepasado del tribual, muy lejano.
El Rey
parpadeó, una sola vez.
- Te oímos,
Padre - dijo sorprendentemente -. Pero intuimos que si bien lo que dices es la
verdad, no es toda la verdad. Adivinamos claramente en ti al único ser humano
que más amenaza nuestro próximo triunfo. Sólo por esto deberíamos matarte, y lo
hacemos... pero, ¿quién es ese tercer espíritu que anda tan suelto sobre ese
mundo?
Martels quedó
casi tan sorprendido por la ingenuidad del Rey como por la imposibilidad de
comprender lo que estaba diciendo. En aquel momento de indecisión, la respuesta
del Qvant surgió con todo el poder de su antigua y contigua sensibilidad, tan
implacablemente como una locomotora a punto de cortar un arbusto entre las
traviesas. Algo monstruosamente maligno en el formado pero ilegible pensamiento
alcanzó a Tlam con más rapidez incluso que a Martels. Juntos se aferraron a
ello, tratando de encerrarse en ello, como una débil y trasnochada conciencia.
La inesperada
ayuda de Tlam pareció ser tan eficaz como pudiera, haber sido la interposición
de un arbusto adicional delante de la máquina desbocada. La voz del Qvant dijo
en tono uniforme:
- Yo, Señor
Rey, soy el Qvant de Renacimiento Tres; y escupo sobre tu asqueroso mundo y
todos sus pequeños piojos.
Este era ciertamente
un discurso que Martels hubiera impedido pronunciar al Qvant, si hubiese estado
a su alcance, pero la mente del Qvant estaba llena de rabia mientras se
retiraba, como derrotado, dejando a Martels casi convencido de que aquellas
palabras no eran las que el Autarca se había propuesto decir.
El Rey inclinó
su enorme cabeza y la ladeó ligeramente..
- ¿Por qué
habría de provocarnos el Qvant? - graznó - Aquí hay otra vez la verdad, pero no
toda la verdad. Si fuera toda la verdad, en modo alguno soltaríamos ese
espíritu sin edad en nuestro futuro. Pero, ¿por qué anda por ahí en carne. Y
oprimido además con egos inferiores? ¿Por qué esa triple desunión? ¿Quién de
vosotros contestará?
En cualquier
otra circunstancia, Martels hubiese optado por la verdad, con la esperanza de
demostrar que era inofensivo, pero la mente del Pájaro Rey no parecía ser lo
bastante analítica para comprender la respuesta, aun en el caso - más que
dudoso - de que tuviera suficiente perspectiva histórica. El Qvant, a su vez,
parecía rumiar aún su rabia. En cuanto a Tlam, aunque ahora debía ser
considerado como un aliado potencial, comprendía menos que cualquiera de ellos
lo que estaba ocurriendo. En consecuencia, todos permanecieron mudos.
- Muy bien -
dijo el Rey -. Plantearemos la cuestión a los Garrones.
Con un
revoloteo dorado y escarlata, desapareció. El guardián con aspecto de buitre
volvió a ocupar su percha.
La noche llegó
rápidamente - sin duda era técnicamente invierno en aquellas altas latitudes
meridionales -, y con ella la sospecha de que los Pájaros no iban a
proporcionar comida ni agua. Un cambio de guardián no aportó a Martels ningún
alivio, a menos de que incluyera en la cuenta un viscoso chorreo dejado por el
primer centinela, evidentemente en señal de desprecio, dado que el suelo del
cilindro estaba muy limpio.
Martels no se
preocupó por ello; tenía otras muchas cosas en que pensar. Algunos de los
nuevos conocimientos parecían completamente inútiles. Por ejemplo, ahora se
había confirmado que Qvant era un titulo, no un nombre; pero, a menos de que el
nombre-magia contara también para algo en este milenio, la confirmación le
dejaba igual que antes. Por otra parte, la impresión de Martels de que la
mención del Pájaro Rey a «los Garrones» implicaba tortura física, había sido
confirmada inmediata y dramáticamente por un prolongado estremecimiento mental
de Qvant (no, el Qvant, nunca hay que dar por sentado que un hecho es inútil
hasta que se ha demostrado), lo cual sugería a su vez al menos que la
suposición original de Martels de que el dolor podía resultar un arma útil
contra el Autarca era probablemente correcta. Bien, había que incluir ese dato
en el archivo.
La luna empezó
a levantarse. Incluso baja en el horizonte, era más pequeña de lo que hasta
entonces la había visto. Desde luego, las fuerzas de las mareas habían estado
aumentando su momento angular durante más de 23.000 años desde la última vez
que la había visto. En realidad no había tenido ninguna duda acerca del siglo
en el que ahora se encontraba, pero de todos modos aquella confirmación le
produjo un leve escalofrío. La estrella polar, pensó, debía hallarse ahora en
la cruceta de la Osa Mayor. Esto seguramente era conocimiento inútil, en este
lejano sur.
¿Y acerca de
los Pájaros? Martels creía tener ahora una idea exacta de lo peligrosos que
eran. Habían conservado todas sus facultades no racionales, tales como el vuelo
y la orientación, y su rápido metabolismo de alta temperatura, todo lo cual
servía ahora para desarrollar su incipiente inteligencia. Su antigua pericia
manual se había visto grandemente aumentada, tal como atestiguara la propia
Torre en cuya cumbre Martels daba vueltas y más vueltas con creciente
inquietud. Los Pájaros se estaban acercando ahora a una paridad con el hombre,
deslizándose gradualmente a lo que en otro tiempo habían sido «in esse»... y
sin haber experimentado ningún cambio drástico. Bajo la presión de la
evolución, se habían convertido cada vez más en lo que siempre habían sido «in
posse»: orgullosos, territorialmente celosos, e implacablemente crueles... a lo
cual se había añadido, simplemente en el salto hacia adelante, la sapiencia de
sus antepasados.
Pero un cerebro
humano altamente desarrollado - el del Qvant, por ejemplo - podía superarles
incluso ahora. ¿Cuál era, pues, el juego del Qvant? ¿Había intentado realmente
provocar al Rey para que matara a Tlam/Martels, promoviendo así al Qvant a la
dudosa categoría de un borroso antepasado? ¿Se encontraba en el cráneo de Tlam,
o continuaba en la caja? Cada vez más, aquello empezaba a parecer el misterio
central de todos ellos.
Este era el
misterio, en abstracto, de la propia telepatía, incorporada ahora a los tres.
Martels seguía sin querer creer en ello, pero su experiencia le obligaba a
hacerlo, al margen de sus preferencias. Y resultaba notable cuán distinto era
en la experiencia inmediata del dudoso y completamente estadístico cuadro
elaborado en la época del propio Martels. Los tests a base de fichas -
sumamente artificiales, Martels lo veía ahora, y en consecuencia propensos a
producir toda clase de absurdos - habían parecido indicar, imposiblemente, que
no obedecía a la ley del cuadrado inverso, ni siquiera a la segunda ley de la
termodinámica; la realidad era que estaba estrechamente atada a ambas leyes, y,
de hecho, se requerían las dos partes para ser físicamente visible para cada
una de ellas. Además, no transportaba ideas y ni siquiera imágenes, sino
únicamente emociones. Ni siquiera tres mentes dentro de un solo cráneo podían
leer los monólogos interiores de cada una de ellas ni manifestar intenciones de
hablar, sino únicamente sus reacciones emocionales a sus pensamientos y
proyectadas acciones, como los individuos en una multitud. Era simplemente un
campo de fuerza que reaccionaba de un modo generalizado en pro o en contra de otro
campo de fuerza; o como un detector que registra la presencia de algún tipo
determinado de radiación, sin ser capaz de informar si la señal ha sido
modulada o no, y mucho menos cómo.
Todo estaba en
orden, y casi seguro que sería útil, también; pero primero tenía que salir de
aquí, y de prisa, antes de que las garras gemelas de la tortura y las
privaciones lo hicieran imposible. Martels alzó la mirada. La súbita oscuridad
había hecho invisible a su nuevo guardián, a pesar de la luna encogida y en
ascenso, pero dos leves manchas de luminiscencia gatuna revelaban que el Pájaro
era nocturno, tal como cabía esperar. Y si Martels desarrollaba cualquier
repentino intento de agresión, el guardián no dejaría de captarlo
inmediatamente.
Hubiera sido
algo realmente difícil incluso sin la obstinada hostilidad del Qvant en la
parte posterior de su mente, y la esencial incompetencia de Tlam en la parte
delantera, haciendo juego con casi todo lo importante acerca de esta época. Sin
embargo, tenía que intentarlo.
No disponía de
armas ni de herramientas, pero gradualmente se le ocurrió que la ignorancia en
las manos correctas podía ser en sí misma un arma y una herramienta, y que
todas las cuatro partes de este embrollo - Tlam, el Qvant, Martels y el Pájaro
Rey - eran completamente ignorantes el uno del otro. Tlam tenía por imposibles
cosas que para Martels distaban mucho de ser imposibles; el Qvant, fueran los
que fuesen sus motivos, sólo había empezado a recobrarse de su altivo desdén
hacia Martels y el tribual; mientras que el Rey, fueran las que fuesen sus
dudas, difícilmente podía creer mucho más de lo que veía: un ser humano desnudo
e indefenso en un lamentable estado físico y mental. Era muy probable, también,
que el centinela desconociera todo esto; en el cilindro negro, la jerarquía no
parecía comunicarse demasiado de un nivel a otro.
Algo en el
pasado de Martels, asimismo, jugaba ahora en favor suyo. Su odio irracional
hacia todo el reino avícola, desde la infancia, que despertaba de nuevo en él;
de hecho, había resultado difícil evitar que le incapacitara mientras el Rey le
interrogaba. No era algo específico, no sentía más enemistad hacia el centinela
que hacia todas las aves en conjunto, ni tampoco menos. Matar al guardián no
provocaría probablemente ningún aumento de la cantidad de estética emocional
que estaba acumulando ya al respecto; después de todo, el animal podía ser
atacado por sorpresa. Aquí, la misma conducta de la telepatía parecía estar de
su parte, por una vez.
Pero tendría
que actuar rápidamente. La onda eléctrica de muerte repentina podría quedar
perfectamente enmascarada por otras en la selva contigua, o al menos podría
parecer tan corriente como para pasar inadvertida; pero no tendría que conceder
al animal un solo instante para que diera la alarma. Un golpe de karate en el
cuello podía resolver el problema. Martels no lo había intentado nunca - sólo
lo había visto repetido ad nauseam en el cine -, pero una prueba efectuada
sobre su propio antebrazo izquierdo, de espaldas al guardián, le convenció rápidamente
de que el canto de la mano es un arma mucho más peligrosa que el puño. Y los
pájaros, sea cual sea su tamaño, tienen los huesos huecos.
La prueba
provocó un silencioso aullido del Qvant, lo cual hizo sonreír a Martels. Mejor
que mejor. Lo más importante y falso que los Pájaros sabían acerca de los seres
humanos era esto: Los hombres no pueden volar. Las mismas circunstancias de su
actual encarcelamiento atestiguaban este error profundamente enterrado,
enterrado casi seguramente desde el final de la época del Qvant.
Dando todavía
la espalda al guardián, Martels puso en marcha los ágiles dedos del Tlam en la
semipenumbra, desanudando y soltando cordones de las pieles más próximas.
Resultó que no
importaba que Martels no hubiera ensayado nunca un golpe de karate, y mucho
menos lo hubiera utilizado en alguna lucha. Tlam lo conocía, aunque bajo otro
nombre, y la muerte del guardián fue satisfactoria y expertamente repentina.
Resultó también que Tlam sabía que el canto de la mano es incluso mejor partiendo
cañas que partiendo huesos. Unos minutos después de la muerte del guardián,
tenía a mano cinco cuchillos de bambú tan afilados como navajas de afeitar.
El cuerpo
principal de la carroña fue cortado rápidamente por debajo del esternón,
descartando también la cabeza. El resto fue atado, con las alas extendidas, en
una armazón de bambú en forros de T, utilizando correas que Martels había
estado masticando por apremio de Tlam durante la mayor parte de la noche
anterior. Tenía tanta hambre, que casi disfrutó con aquella parte del proceso.
Una vez atadas
las correas, de nuevo utilizando la habilidad de Tlam, Martels ordenó que
fueran empapadas abundantemente con la sangre del propio Pájaro. Al coagularse
formaría una especie de engrudo, aunque probablemente de calidad más que
dudosa. Pero, lógicamente, no había nada más que pudiera servir para aquel
propósito.
Todo el proceso
se inició inmediatamente antes del amanecer, cuando Martels supuso que el
centinela nocturno prestarla menos atención y vería disminuidas sus facultades
visuales. La desagradable máquina quedó terminada en algo menos de una hora,
gracias a la pericia de Tlam, con el añadido de unas argollas de cuero en su
parte inferior para los pies, muslos, pecho, brazos y manos de Martels.
Mientras el aparato se secaba, crujiendo como dolorido bajo sus crecientes
tensiones, Martels comprobó qué lado de la torre recibía una corriente de aire
más poderosa. Resultó ser, sin gran sorpresa por su parte, el nordeste.
El Qvant había
estado contemplando necesariamente todo aquello, con una mezcla de contrariedad
y de burla. Al parecer, la muerte del guardián le había cogido también a él por
sorpresa, y más tarde se había permitido a sí mismo quedar confundido por la
absurda taxidermia de Martels. Sólo se sintió alarmado cuando Martels empezó a
encajarse en las argollas, pero una vez más Tlam ayudó a Martels a oponerse a
él, aunque de un modo mucho más vacilante. Como una figura de Icaro manchada de
sangre, Martels echó a correr sobre la superficie del cilindro. Cuando el Qvant
quiso darse cuenta, máquina y hombre habían saltado por la ventana
septentrional.
El nuevo ser
conglomerado cayó como una piedra. Se necesitó toda la fuerza de las argollas
de Tlam para mantener sus brazos rígidos, sin que le quedara espacio para
doblar las puntas de las alas. Dobló ligeramente las rodillas, y luego volvió a
extenderlas. Nada ocurría; el aparato había fallado. El suelo del prado,
todavía oscuro, ascendía rápidamente hacia él.
Luego llegó
aquella leve pero inconfundible sensación de elevación que sólo el piloto de
una aeronave muy pequeña puede conocer.
Ahora no era el
prado el que se hinchaba en su rostro, sino el lindero de la selva. Su caída
había sido oblicua. Una vez más dobló las rodillas. Desprendiendo plumas como
un desaliñado cometa, se encontró a sí mismo deslizándose velozmente sobre la
superficie de un borroso mar verde oscuro, y un aire cálido levantándose para
recibir al sol le atrapó en el pecho; luego - ¡oh milagro! - empezó a
remontarse.
Completamente
inseguro de cuánto duraría su frágil planeador, o de hasta qué punto su fuerza
le permitiría volar, suponiendo que el planeador resistiera, y con su propia
resolución socavada por algo muy próximo al terror que emanaba del Qvant y que
cambiaba inexorablemente el equilibrio hormonal de sus cuerpos compartidos, se
inclinó y viró hacia el sur, buscando otra corriente de aire que le
proporcionara más altitud. Ante él en la mañana recién nacida, la muralla de
niebla que señalaba los límites de la Antártida, detrás de la cual alguien
podría existir (sólo podría) para ayudarle a salir de esta extravagante
pesadilla, se erguía altiva e indiferente.
Durante el día,
empezaron a aparecer montañas delante de él y a su derecha, y no tardó mucho
tiempo en encontrarse ascendiendo y cayendo precariamente sobre cadenas de
colinas. Aquí fue capaz de trepar muy considerablemente; más, en realidad, de
lo que suponía. Poco después de un crudo mediodía alcanzó una altura que
calculó próxima a los dos mil metros, pero allí la temperatura era tan baja que
se vio obligado a descender casi seiscientos metros.
Aprovechó
aquella ocasión para dar una vuelta completa sobre sí mismo: desde luego, le
estaban siguiendo. Una formación de grandes Pájaros, tipo grulla, era visible
al norte, manteniéndose a una distancia uniforme.
Aquello era
probablemente lo único que podían hacer, ya que, al igual que él, parecían
puros planeadores. Debido a que podrían permanecer en el aire mucho más tiempo
que él, sin duda no les importaba cuánto lograse resistir, ni lo que aguantara
su improvisado aparato. Aunque éste empezaba ya a fallar de un modo ostensible,
y él debería considerarse extraordinariamente afortunado si conseguía
mantenerse en el aire hasta el anochecer.
Dentro de su
cerebro había un sospechoso silencio. En realidad, allí no parecía haber nadie
excepto él mismo. El susto inicial de Qvant se había desvanecido; Martels
habría sospechado que estaba dormido si la idea no le hubiese parecido absurda
a la luz de sus recientes experiencias. Tlam permanecía igualmente inactivo; ni
siquiera ayudaba a Martels en el vuelo, lo cual era un indicio seguro de que en
su cerebro no había existido una experiencia anterior en tal sentido. Tal vez
la treta le había impresionado en silencio, sin alarmarle tanto como había alarmado
inicialmente al Qvant... o, quizás, el Qvant y él estaban ocupados conspirando,
por debajo del nivel de la inexperta atención de Martels. Los tres tenían poco
en común el uno con el otro, pero en el caso de Martels la disparidad era más
acusada. Además, Martels era el más indeseable de los intrusos en ese mundo...
Viró hacia el
suroeste, donde las colinas aparecían cada vez más altas. La lejana formación
de grullas viró a su vez, siguiéndole.
A última hora
de la tarde volaba a una altitud de quinientos metros; y el terreno había
dejado de ayudarle. La selva había quedado a la izquierda y se había convertido
en un bosque de zona templada, el cual a su vez quedaba reemplazado por una
serie de tierras bajas volcánicas, como una versión en rojo y negro del Mar
Imbrium... o de aquel territorio que Poe había descrito hacia el inacabado
final de Pym. A su derecha se encontraban las montañas propiamente dichas. Las
dos zonas estaban separadas por unos embudos de aire tan poderosos que Martels
no se atrevió a afrontarlos, convencido de que su aparato quedaría destrozado
en unos minutos.
Resignadamente,
descendió para efectuar un aterrizaje en el último parche de vegetación que se
deslizaba hacia él sobre el horizonte meridional. Las grullas le siguieron.
Al principio
creyó que caería antes de llegar al lugar escogido... y luego, bruscamente, que
iba a pasar de largo. Trató de frenar desesperadamente y recorrió los últimos
seis metros entre una conmoción de ramas y huesos rotos. El improvisado
planeador se desintegró a su alrededor.
En el último
segundo pudo ver la formación en V de sus perseguidores volando
silenciosamente, muy alta, como una bandada de signos de intercalación. Luego
chocó contra el suelo.
Tlam y Qvant
escogieron exactamente aquel momento para actuar al unísono. El brutal dolor
del impacto se desvaneció como por arte de magia, y con él la fatiga, el miedo
y todo lo demás.
Una vez más,
había chocado contra el fondo del telescopio del tiempo, y estaba abandonado y
solo en la oscuridad.
10
Estar muerto,
decidió Martels después de un período de tiempo indefinidamente largo, siempre
había tenido una mala prensa, pero ahora parecía ofrecer ciertas ventajas. Al
principio había derivado simplemente en una bruma de indolora desorientación;
esta región no tenía mojones, y de hecho no había existido ninguna entrada
sensorial a excepción de un ocasional encuentro con una especie de nexo de vaga
desesperación que Martels estimó que era otro fantasma como él mismo. Pero no
se sentía deprimido; había sido dislocado ya demasiadas veces para que esto
resultara, todavía, extraordinariamente interesante.
Siguió una
sensación de lucidez sin precedente, aunque sin luz, como si ahora empezara a
comprender por primera vez todos los recovecos y misterios de su propia psique.
Empezó a preguntarse, con cierto pasmo, si esto era lo que los místicos habían
llamado «detersión de las puertas de la percepción». Ninguna recepción parecía
estar involucrada, ya que Martels seguía sin poder detectar ninguna entrada;
pero la claridad de sus pensamientos era una alegría para él, y retozaba en
medio de ellos como un delfín entre dos aguas.
No tenía la
menor idea del tiempo que permaneció en aquel estado similar al Zen.
Gradualmente, sin embargo, tuvo conciencia de que algún ente exterior estaba
formulándole preguntas: preguntas incisivas, aunque impersonales. Sin embargo,
ni las preguntas ni las respuestas tenían ningún contenido semántico que él
pudiera sondear, como una conversación en lógica simbólica. ¿Era éste el Juicio
Final?
Pero el interrogador
se alejó y Martels quedó de nuevo solo para disfrutar las profundidades recién
encontradas de su propia mente. Sin embargo, el alejamiento del interrogador no
se tradujo en silencio. Por el contrario, todo un complejo de sonidos se hizo
ahora evidente para él, y hasta cierto punto le resultaron familiares, como
aquellos a los cuales había despertado dentro de la caja-cerebro del Qvant: un
zumbido remoto, pasos ocasionales y lejanas palabras, un aluvión de ecos.
Martels se sintió súbitamente decepcionado. ¿Iba a repetirse todo, no una vez,
sino interminablemente, como una serpiente más bien pequeña tratando de tragar
su propia cola?
Luego, una voz
indiscutiblemente humana resonó clara y precisa:
- Subestación
Shetland Tres requiriendo análisis computadora principal.
El lenguaje era
completamente distinto del que Martels estaba acostumbrado a oír, pero lo
comprendió sin dificultad. La voz era masculina.
Ciclaje, dijo
Martels, con gran asombro por su parte, aunque no con palabras que pudiera oír.
Adelante.
- Un grupo de
exploración de nuestro puesto avanzado de Punta Arenas regresaba por aire de
las Falklands hace tres días cuando localizó a alguien que al parecer trataba
de cruzar el Valle Magellan. Resultó ser un tribual en un avanzado estado de
deshidratación y desnutrición, con un brazo en cabestrillo y cuatro costillas
rotas. Tal como cabía esperar, se mostró virtualmente incoherente, aunque menos
asustado de nuestra aeronave de lo que suelen mostrarse los tribuales; pero fue
capaz de identificarse a si mismo como un tal Tlam, expulsado de la tribu de
Hawkburrow, un grupo que creemos que se encuentra ligeramente al norte del lago
Colue Huape. Salvo por la extraordinaria distancia al parecer recorrida a pie,
el caso no parecía ofrecer ninguna complicación especial y fue tratado como de
costumbre.
»Después de
traerle a esta estación y someterle aun apropiado tratamiento, el tribual fue
sumido en un profundo sueño, del cual despertó espontáneamente el segundo día.
Mostró un completo cambio de personalidad, pretendiendo ahora ser el Qvant de
Renacimiento III. Los análisis en profundidad revelan que había realmente dos
personalidades presentes en el cerebro; además, han puesto de manifiesto leves
rastros de ocupación por una tercera en el pasado inmediato. En consecuencia,
formulamos las siguientes preguntas:
»Primero:
¿existen condiciones realizables bajo las cuales el Qvant podría haber escapado
de su caja en un cerebro mortal?
»Segundo:
¿cuáles son las probabilidades de que semejante ser compuesto pueda haber
cruzado la Región de los Pájaros, a pie o de otro modo?
»Tercero: ¿qué
posibles interpretaciones pueden darse a la existencia de rastros de una
tercera personalidad, y de su posible supervivencia? Y, en caso afirmativo, ¿de
qué manera?
»Cuarto: ¿qué consecuencias
puede tener este acontecimiento en lo que respecta a nuestras relaciones con
los Pájaros?
»Finalmente,
¿qué medida/s hay que tomar? Fin de la transmisión.
Martels sintió
un momentáneo deseo de replicar, pero se apresuró a reprimirlo. Si bien conocía
las respuestas a todas aquellas preguntas, ignoraba cómo las conocía. Desde
luego, su propia experiencia reciente suministraba muchas de las respuestas,
pero las preguntas le habían dado acceso también a una enorme cantidad de
hechos adicionales que parecían constituir una parte de su memoria, aunque al
mismo tiempo no procedían de nada que le hubiese ocurrido a él. Su sensación de
lucidez se había intensificado, pero sentía también una necesidad de mostrarse
cauteloso, lo cual era hasta cierto punto completamente normal, aunque al mismo
tiempo parecía ajeno al substrato físico de su nuevo modo de existencia.
Mientras
reflexionaba, abrió su Ojo. A su alrededor se hizo presente un amplio vestíbulo
verdoso inmaculadamente limpio, ocupado en su mayor parte por una máquina
esférica e inmaterial que flotaba en el centro de un dodecaedro casi
transparente. Pudo ver todo esto menos su base, así como toda la habitación,
simultáneamente, pero por algún motivo el hecho no le pareció anormal; una
perspectiva dieciseisena resultaba ser mucho mejor que cualquier perspectiva
binaria. El vestíbulo contenía cuatro puertas, y un estrado en cual estaba
sentada, en actitud expectante, una joven rubia extraordinariamente hermosa,
vestida con una túnica roja y gris. Martels captaba tres aspectos laterales de
ella, más otro aspecto desde arriba. Era evidente, pues, que el Ojo tenía
quince componentes distintos, uno en cada esquina de los seis pentágonos
superiores, más uno en el techo.
Lo cual
clarificaba absolutamente que la máquina era... él mismo
De hecho,
Martels había sabido esto en alguna parte de sus nuevas profundidades, del
mismo modo que había sabido que la joven era Anble, operadora normal de la
máquina, y que ella no era la fuente de las preguntas.
Casi como
confirmación, toda la serie de preguntas fue repetida. Esta vez, sin embargo,
llegaron por un medio distinto en un solo y casi instantáneo estallido de ruido
semiblanco. Para la parte humana de su mente aquel fogonazo fue tan insistente
como para semejar casi un aguijón, pero la tranquila y desapasionada memoria de
la máquina le dijo que era solamente una señal Dirac, enviada de modo que todos
los receptores que pudieran tener algún motivo para preocuparse del problema lo
registraran. Las preguntas habían sido redactadas de nuevo, y parecían contener
algún material adicional, pero su significado era el mismo.
Anble esperaba
en lo alto del estrado. De la mesa sobresalía la ancha matriz amarilla de lo
que parecía ser, y era, un rollo de papel. Para imprimir, desde luego.
Examinándolo desde la parte del techo del Ojo, Martels comprobó que contenía
dos palabras: Ciclaje. Adelante. De haberlo deseado, podía haber replicado
también oralmente, por teléfono ordinario, por radio, por ultraonda o por
pulsaciones Dirac; o, en circunstancias extremas, decidirse por guardar
silencio.
¿Qué hubiera
hecho la máquina, dejada a su propio impulso? La respuesta brotó por sí misma,
y al mismo tiempo apareció impresa en el papel: Datos insuficientes. Pero ése
no era propiamente el caso ahora. Martels provocó una edición: Traedme al
hombre Tlam.
Los resultados
fueron asombrosos para las dos partes de su psique, nueva y antigua, comoquiera
que se las definiera. La joven palideció, se cubrió el rostro con las manos y
contempló fijamente el rutilante y silencioso objeto que tenía ante ella. Luego
extendió su mano derecha y empezó a apretar repetidamente un botón rojo en
aquel lado de la mesa. Los interrogadores invisibles enviaron una señal como
respuesta, una señal que puso en marcha una silenciosa alarma: emergencia
emergencia emergencia emergencia emergencia...
Martels no
sabía lo que significaba aquello, pero la máquina si, y de hecho lo había
imaginado mucho antes. Simplemente, no había estado en condiciones de
preocuparse... pero ahora lo estaba. Emergencia El Qvant ha restablecido
contacto con la computadora, y/o La Máquina se ha hecho por fin sensible por sí
misma
La trajeron
obedientemente a Tlam, pero primero le interrogaron muy estrechamente. Sus
interrogadores fueron Anble y dos jóvenes pálidos, delgados pero musculosos,
que llevaban unas túnicas idénticas. Ambos, desde luego, eran calvos.
Respondiendo simultáneamente por letra impresa y con su nueva voz
sorprendentemente musical, Martels les dijo todo lo que había descubierto que sabía.
- Vuestra
computadora no se ha hecho sensible, y el Qvant no ha restablecido contacto con
ella. Es la morada de otra inteligencia humana que ahora os está hablando. Mi
nombre, dicho sea de paso, es Martels, y mi origen se remonta a unos veintitrés
mil años vuestro pasado, posiblemente un siglo antes de Renacimiento Uno. He
comprobado que ni siquiera la computadora puede darme fecha exacta, pero, de
todos modos, esto carece de importancia. - Hizo una pausa para tomar aliento, y
continuó -: Mi mente fue propulsada a esta época por la generación accidental
de campo jugotemporal en un potente radiodifusor; fue captado por receptor
específicamente diseñado para contener un campo semejante, que resultó ser la
caja-cerebro del Qvant en el museo de Renacimiento Tres, en Rawson. Después de
observar durante algún tiempo a los tribuales que llegaban como peticionarios
al museo, me enteré de vuestra existencia en el Sur y decidí llegar hasta
vosotros con la esperanza de obtener ayuda para regresar a mi propia época. Con
este fin, engañé al Qvant para que me proyectara en la mente del siguiente
peticionario, que es el tribual que ahora retenéis cautivo: Tlam, de la tribu
de Hawkburrow. Ahora procederé a contestar vuestras otras preguntas.
- Ya has
empezado a contestarlas - observó uno de los jóvenes (Lanest, técnico jefe,
Base Principal; edad... ¡Oh!, al diablo con eso) -. Pero no en orden de
prioridad.
- Ni el Qvant,
ni una computadora súbitamente auto consciente se sentirían obligados a seguir
estrictamente vuestra programación Lanest - observó secamente Martels -. Sois
afortunados al tenerme a mí en vuestras manos, en vez de a ellos. Soy incluso
lo bastante amable como para proporcionaros una simultánea respuesta impresa
para su estudio posterior, aunque nadie me ha dicho que lo hiciera y no forma
parte de las órdenes recibidas por la máquina ¿Vamos a utilizar subterfugios...
o sigo adelante?
Los ojos de
Lanest se fruncieron, y se volvió hacia sus compatriotas. Al cabo de unos
instantes, el otro hombre (Robels; jefe la Base Shetland III; edad... ¿Quieres
hacer el favor de callarte y dejarme pensar?) hizo una ambigua seña con la
mano.
- Muy bien.
Adelante.
- Gracias.
Habéis preguntado bajo qué circunstancias seria posible para el Qvant
trasladarse desde su caja-cerebro a otra mente este modo. Parece evidente que
es capaz de hacerlo en cualquier momento, e incluso fue capaz de realizar
semejante transferencia utilizándome a mí como sujeto puramente pasivo. Nunca
lo ha echo por sí mismo porque no quiere poner en peligro su casi-inmortalidad
en una aventura con un anfitrión mortal. Aunque está interesado en cuestiones
acerca de la vida futura, su curiosidad no iba tan lejos.
- Utilizas el
presente. Esto significa, en nuestra opinión, que Qvant no está ahora presente
en la mente del tribual.
- Probablemente
no..., de otro modo yo mismo no me hubiera arriesgado a pedir que Tlam
compareciera físicamente ante la computadora. He llegado a la conclusión, y la
computadora la confirma, de que la presencia física es fundamental para casi
todas las formas de apareamiento mental, excepto aquellas sometidas a una
amplificación mecánica: y la computadora es un amplificador; de no ser así, yo
no formaría ahora parte de ella. Sin embargo, el problema que vosotros
planteáis no está sujeto a cuantificación, y la máquina no puede darnos a
ninguno de nosotros una cifra de probabilidades. Lo que yo ofrezco ahora es
lógica mecánica en parte, pero fundamentalmente un juicio humano.
- Amplía eso,
por favor - dijo Lanest.
- Durante la
mayor parte de mi viaje hasta aquí he estado bajo la impresión de que el Qvant
se alojaba también en el cerebro del tribual. Sin embargo, él hizo a su vez dos
tentativas de desalojarme a mí, una de las cuales anulé con la ayuda de la
mente del propio Tlam... y la otra consumada con éxito porque en aquella
ocasión Qvant contaba con la ayuda de Tlam. Creí haber escapado de la
caja-cerebro mediante la aplicación de la fuerza física, pero ahora ya sé por
la computadora que la caja es a prueba de sacudidas, incluso de terremotos de
cinco punto cero en la escala de Richter, y en consecuencia difícilmente podía
transmitir el golpe de una maza al cerebro que estaba destinada a proteger.
»Yo estaba
subjetivamente convencido en todo momento de que el intelecto y la fuerza de
voluntad del Qvant eran infinitamente superiores a los míos. Aunque, como he
dicho antes, esta paradoja no puede ser cuantificada, puede ser tratada como un
diagrama de Venn, el cual he impreso para vosotros. Tal como podéis ver,
excluye virtualmente la posibilidad de que el Qvant estuviera enteramente en el
cerebro del tribual al mismo tiempo que yo. Existía y existe un poderoso
contacto telepático, pero ninguna transferencia juganética de la entera
personalidad, tal como la que yo he experimentado.
»Sus motivaciones
siguen siendo desconocidas, y en ese campo la computadora no puede ayudarnos.
Sin embargo, tengo algunas hipótesis. El Qvant se siente deseoso y obligado al
mismo tiempo a restablecer el contacto con la computadora principal. Yo me
convertí en su instrumento para intentarlo sin peligro. Si el tribual moría en
el camino, yo moriría con él, en tanto que el Qvant tendría tiempo para retirar
su tentáculo. En el peor de los casos, los resultados de la experiencia le
serían muy útiles para la siguiente tentativa. Era una oportunidad única para
él.
»Una vez le
hube llevado a través de la Región de los Pájaros, creyó que podía prescindir
de mí, y lo hizo. Evidentemente, eso fue un error de cálculo con respecto a los
peligros del resto del viaje; y si el tribual hubiera muerto entonces y allí,
creo que las consecuencias para el Qvant habrían sido muy graves. Es probable
que el contacto sea todavía únicamente parcial, aunque necesariamente mucho más
intimo que cuando yo actuaba como inadvertido intermediario.
Se produjo un
prolongado silencio. Finalmente, Robels dijo:
- Entonces,
¿cómo es que te encuentras aquí?
- Vuestra
computadora es el más próximo de los complejos campos juganéticos que podía
recibirme..., especialmente teniendo en cuenta mi adiestramiento en hacer una
cosa semejante, que parece ser única en vuestra época. Desde luego, era también
la más próxima a mí en el tiempo, y yo fui apuntado en vuestra dirección casi
desde el primer momento.
De nuevo se
produjo un rápido intercambio de señas con mano entre los dos hombres. Lanest
dijo:
- Dos de
nuestras cinco preguntas continúan sin contestar, y vista de lo que nos ha
dicho, se han convertido en las más urgen de todas. En primer lugar, si es
cierto que has cruzado la Región de los Pájaros a pie, cosa que ningún otro...
hombre... ha hecho nunca, debes tener algo que decirnos acerca de ellos. En
particular, algo que podría ayudarnos a derrotarlos. ¿Qué tienes que decir y
qué debemos hacer?
- No sé nada
acerca de ellos que vuestra computadora no sepa - dijo Martels -. Es decir, que
no son aún muy analíticos, se basan todavía primordialmente en el instinto,
pero que su inteligencia aumenta por selección de una generación a otra, al
mismo tiempo que instintos como la telepatía pierden importancia. La telepatía
y la inteligencia parecen ser incompatibles desde el punto de vista evolutivo:
si se tiene una de ellas, la otra no parece ser necesaria, incluso pueden ser
enemigas en el campo de la evolución. El ha sido desviado deliberadamente del
tipo normal; y yo soy un primitivo, mucho más que los individuos como Tlam.
»Si éste es el
caso, no existe ninguna posibilidad de compromiso con los Pájaros. Ellos se
proponen destruir al género humano, la mayor rapidez posible, y no es probable
que estén dispuestos esperar que la evolución se ponga de su parte. Son
incapaces de considerar el proceso a tan largo plazo.
- ¿Eso es todo?
- exclamó súbitamente la joven, en tono desesperado -. Sabemos perfectamente
que estamos perdiendo la batalla contra los Pájaros, pues ellos se multiplican
mucho más aprisa que nosotros ahora. Sabemos también que dentro de muy poco
perderemos incluso este reducto de montañas y de hielo. Ahora un milagro... ¿y
no podrá ayudarnos tampoco?
No había
ninguna respuesta que Martels pudiera ofrecer.
Desde luego, el
próximo período glacial no tardaría en llegar, destruyendo a los Pájaros mucho
antes de que pudieran consolidar sus conquistas, pero aquel acontecimiento no
se produciría dentro del previsible curso de la vida de los hombres de la
Antártida, supervivientes la época del Qvant. Por la expresión de sus rostros,
Martels ver claramente que lo habían sabido durante muchas generaciones.
Dijo, con
cierta reserva:
- No sé lo que
puedo hacer, pero no he renunciado aún a la esperanza. Quedan todavía algunas
cuestiones por resolver. Para empezar, permitidme que le eche otra ojeada al
tribual.
Los
supervivientes de Renacimiento III conferenciaron en silencio, y con el mismo
silencio se pusieron de acuerdo. La joven asintió y pulsó un botón. Se abrió
una puerta y entró Tlam, por su propio pie.
Martels le
contempló con curiosidad dieciseisena. Era la primera ocasión que había tenido
de ver lo que había sido, en cierto sentido, él mismo después de aquella
mimética entrevista preliminar en el museo.
Tlam era un
testimonio viviente de los conocimientos médicos de los hombres de la
Antártida: sano, sin cicatrices, alerta... y abiertamente arrogante.
Inmediatamente, Martels supo que había cometido un tremendo error.
El Qvant estaba
allí - no sólo conectado con Tlam, sino allí -, y su mente penetró en la
burbuja de la computadora como una flecha disparada contra una rueda de queso.
El vestíbulo, los hombres de la Antártida, todo lo demás desapareció en un
rugido rojo.
Esta vez, el
Qvant actuaba en serio.
11
Sólo la
práctica anterior de Martels en resistir las embestidas del Qvant le salvó de
una derrota fulminante. Su frenética resistencia sólo duró una fracción de
segundo antes de disparar algo dentro de la computadora, y el furioso ataque
del Qvant se desvaneció... junto con todo el resto del mundo exterior.
Indagando los motivos, Martels descubrió que la máquina - esencialmente un
complejo de campos juganéticos, el mínimo material necesario para formar un
substrato para ellos, y una fuente de energía - había contestado a su impulso
creando una zona de bloqueo o corteza de interferencia a través de la cual no
podía pasar ninguna sonda.
Sin embargo,
aquello tenía un precio: no pasaría ningún impulso de ninguna clase, en ninguna
dirección, incluida la energía. La energía seguía fluyendo, de alguna fuente
que Martels no podía localizar, pero sólo era suficiente para mantener la
personalidad. juganética de la máquina; todo el material había desaparecido.
Salvo por la presencia de la conciencia de Martels, era un estado muy semejante
al sueño REM, pero tendiendo paulatina e inexorablemente a la muerte, a medida
que se perdía la entropía. Martels parecía encontrarse en un estado de completa
indefensión.
Descubrió, que
era directamente consciente del paso del tiempo - la máquina lo medía del modo
más directo posible - por la erosión de sus energías: su unidad básica era la
constante de Plank.
Todo lo demás
se había parado. La memoria de la máquina y las funciones computacionales
estaban encerradas inaccesiblemente en el ahora frío material. Martels no tenía
ninguna fuente de información, salvo aquel inexplicable goteo de energía
restante que parecía proceder de alguna parte dentro de él mismo. Y las
exigencias de mantener la zona de interferencia aumentaban exponencialmente. El
limite crítico sería alcanzado en menos de una hora, después del cual Martels y
la máquina estarían efectivamente muertos. La alternativa era dejar caer la
zona, lo cual convertiría a Martels y a la máquina en esclavos del Qvant, ya
que en aquella fracción de segundo de su resistencia Martels había descubierto
que el proceso cíclico en la computadora que él había usurpado se modeló para
recibir Qvant, el cual encajaría mucho mejor en él.
Desesperado, se
replegó internamente hacia aquel problemático goteo de energía. Era un camino
terrible de seguir, ya que a medida que captaba con más intensidad la corriente
de energía, su mente parecía sumirse en algo muy parecido a la hipnosis. Pero
cuanto más se acercaba a ella, más alerta se sentía; era como si prestar más y más
atención a menos y menos cosas, de modo que al llegar al centro del misterio no
se concentraría paradójicamente en nada.
La curva de
semejante relación se formó de un modo maquinal en su mente, definidos sus
extremos por los ángulos externos de sucesivos y cambiantes rectángulos. Las
diagonales a través de aquellos extremos se cruzaban en el punto de origen, y
sus puntas formaban 90 grados de un círculo. El borde de aquel círculo
correspondía al estado de máxima conciencia al máximo número de cosas pero 180
grados de él encerraban los impulsos procedentes del mundo exterior; el resto
estaba reservado para los impulsos internos: meditar, dormir, soñar. Los sueños
REM se hallaban en el exterior de la rueda, sin sueños en el centro; mientras
que en el mundo completa vigilia, la orilla era el estado Zen, y el origen era
el vacío de experiencia mística, cero atención a cero cosas.
Pero esto no
fue el fin. Mientras observaba maravillado la gran rueda, giró sobre su costado
y se convirtió en un disco, con los mismos cuatro diagramas, pero cuyos
parámetros eran ahora grados certeza contra efecto emocional. El punto cero era
también aquí un estado místico, pero podía ser dicha total o total
desesperación: una Noche Elevada u Oscura del alma. Vio que el modelo era esférico
y era un modelo de la estructura de la propia computadora. Era modelo del
universo sensible, en el corazón del cual yacía el latido primario de la
vida...
...Y un núcleo
de completa pasividad. Casi demasiado tarde, cambió de dirección y corrió hacia
la corteza de la esfera, la zona de interferencia. Infinitud, descanso y
certeza pleitearon con él mientras corría, pero podían esperar. Eran reinos de
contemplación y sueño y él tenía, de momento, otras tareas.
Mientras corría
hacia fuera, la energía descendió hacia el límite crítico. Otras preguntas
mucho más prácticas teman que ser contestadas también, y pronto. Dado que los
aparatos transistorizados de su propia época no necesitaban un calentamiento
previo, era muy improbable que la computadora lo necesitara. Una rápida
revisión de sus sencillos circuitos le permitió comprobar que estaba en lo
cierto, y localizó también el mecanismo que gobernaba la impresión.
Ahora todo
dependía de si el Qvant había sido capaz de seguir atacando
ininterrumpidamente, o si estaba esperando en actitud vigilante que cayera el
escudo antes de reanudar su agresión. Martels tendría que correr aquel riesgo;
el Qvant era mucho más rápido que él, pero la máquina era mucho más rápida que
los dos. Y, además, tendría de su parte el factor sorpresa.
Tensándose en
torno a los circuitos, dejó caer la pantalla. La computadora recobró
instantáneamente la vida. Y Martels transmitió un mensaje de doce letras a
través de la línea de impresión. No tuvo tiempo de comprobar si la máquina
esclava respondía, y mucho menos hasta qué punto: arpando y pinchando como un
remolino de cuchillos, el Autarca pugnaba por instalarse en el lugar que había
sido preparado para él dentro del mecanismo supremo, un lugar que le había sido
negado durante un número desconocido de siglos.
Luego volvió a
formarse la zona de bloqueo, y la computadora quedó una vez más oscura y sin
vida, salvo por la conciencia ciega y sorda de Martels. El cronometrador de
entropía desgastó los segundos fraccionales. ¿Cuánto tardarían los hombres de
la Antártida en contestar... si es que lo hacían, y si el Qvant no había sido
capaz de impedírselo? Lo que Martels había transmitido había sido: ATURDIR A
TLAM. Aquella carta de la anormal sensibilidad de Qvant al dolor físico era la
única que tenía para jugar.
Fuera lo que
fuese lo que había ocurrido en el exterior, Martels disponía del mismo tiempo
que antes, o menos, para esperar que la pérdida de energía en la computadora
alcanzara su límite crítico. Había que contar con la pérdida adicional de
energía que se había producido al transmitir el mensaje.
Y el tiempo se
agotó. Dejó caer el escudo una vez más.
Nada sino luz
brotó sobre él. Intrigados pero alertas. Alible, Lanest y Robels estaban
inclinados sobre el caído cuerpo del tribual. Habían recibido el mensaje.
- Anestesiadle
rápidamente, y mantenedle en ese estado mientras decidimos lo que vamos a hacer
- se apresuró a decir Martels, viva voce -. Estaba equivocado: el Qvant está
presente del todo en su cerebro, y no se encuentra en la caja de Rawson.
Mientras esté consciente, intentará ocupar de nuevo la computadora, y yo no
puedo evitarlo sin parar por completo la máquina. Si no queréis eso, ni queréis
que regrese, será mejor que le pongáis en hielo.
Lanest disparó
su pulgar hacia la puerta en un gesto que había sobrevivido veintitrés mil
años. Robels y Anble cogieron a Tlam por debajo de los sobacos y le arrastraron
fuera del vestíbulo. Mientras la puerta se cerraba detrás de ellos Lanest se
sentó en el estrado. Su expresión era todavía muy cautelosa.
- No estoy
seguro de que representes ninguna mejora sobre el Qvant - dijo -. Pareces
ignorante y torpe al mismo tiempo.
- Admito que
soy las dos cosas, pero estoy aprendiendo muy aprisa. ¿Qué clase de mejora
estáis buscando? Si sólo deseáis que os sea devuelta vuestra computadora, no lo
permitiré; tenéis que elegir entre el Qvant y yo. ¿Por qué le desconectasteis
de ella? La máquina fue construida evidentemente para que él la utilizara.
Probablemente, yo no seria capaz de manejarla con la décima parte de su
eficacia.
Lanest pareció
muy lejos de desear contestar esto, pero finalmente pareció llegar a la
conclusión de que no podía elegir.
- En realidad
no deseábamos desconectarle de la computadora, y lo hicimos muy en contra de
nuestra voluntad. Como habrás observado, la computadora y él se adaptan
perfectamente el uno a la otra, y la máquina no ha funcionado con su máxima
eficacia desde entonces. La intención original fue la de que los dos juntos
debían actuar como un depósito de conocimiento hasta la época en que los
hombres de Renacimiento Cuatro pudieran hacer uso de él otra vez, y que el
museo debía estar situado lo bastante lejos en las selvas para que los hombres
pudieran acceder a él, y al Qvant, cuando estuvieran preparados. El Qvant había
sido preparado para ser un caudillo, y se suponía que cuando llegara el momento
ejercería el caudillaje.
» Pero el
acceso a los Senderos juganéticos que la computadora le proporcionó se
convirtió en una trampa, induciéndole a una creciente pasividad. Dudo mucho de
que estés equipado para comprender el proceso, pero en la mayoría de los
hombres mortales existe un nivel de certeza que ellos retienen como «realidad»
durante toda su vida. Unos cuantos hombres, muy pocos, son arrancados de ese
estado por contacto con algo perturbador: una tragedia personal, descubrimiento
de capacidad telepática, una visita de un antepasado, o cualquiera de
centenares de otras posibles sacudidas a su metafísica. La pérdida es
irreversible, y la transición de un nivel de certeza a otro es calificada
oscuramente de «descontento divino», «ansia de inmortalidad», etcétera. ¿Tiene
esto algún significado para ti?
- A decir
verdad - respondió Martels -, puedo situarlo incluso en un mapa cualitativo que
he empezado a desarrollar, y en torno al cual parece estar construida la
computadora.
- Exactamente:
la computadora es un símbolo de la situación sensible universal. Por lo tanto,
seré más breve acerca de las fases restantes. Son ocho en total: orientación,
pérdida de la realidad, concentración, meditación, contemplación, el vado,
re-emergencia, re-estabilización. El Qvant quedó tan inmerso en este
peregrinaje mental que perdió todo interés en el caudillaje, permitió que los
pájaros evolucionaran y se desarrollaran sin ninguna interferencia, y
eventualmente empezó a dificultar muchos de nuestros propios usos prácticos y
cotidianos de la computadora.
»Existen dos
niveles del estado M, la cuarta fase. Cuando el Qvant penetró definitivamente
en el más profundo de los dos, consideramos prudente cortar del todo su
conexión con la computadora. Desde allí, era inevitable una caída al estado V,
y nosotros no teníamos, ni tenemos, ningún medio para predecir cuáles serían
sus deseos cuando emergiera. Podría haber estado activamente de parte de los
Pájaros: tales reversiones son frecuentes, y como has tenido ocasión de
comprobar, el Qvant sería un enemigo particularmente peligroso.
- El traidor es
más peligroso que un regimiento de soldados enemigos - convino Martels -. Lo
que acabas de decirme coincide perfectamente con mis propias observaciones. El
Qvant debía estar a punto de penetrar en la fase V cuando mi llegada le hizo
retroceder un paso. Ahora está movilizado contra todos nosotros.
- ¿Y tú?
- No entiendo
la pregunta - dijo Martels.
- ¿De parte de
quién estás?
- Eso debería
ser evidente por sí mismo. He llegado aquí en busca de ayuda. No la obtendría
poniéndome de parte del Qvant, y, desde luego, no la conseguiría de los
Pájaros. Tendréis que confiar en mí, y mantener al Qvant, y al tribual,
inconscientes hasta que decidamos lo que hay que hacer con respecto a ese
problema. No tengo ninguna solución inmediata.
- ¿Por qué
habrías de tenerla? - inquirió Lanest bruscamente. Para el uso práctico de la
computadora, tu actitud es más perjudicial que la del Qvant cuando le
desconectamos de ella. Será mejor para nosotros que prescindamos de ti, a menos
de que tengas algún plan concreto para una acción inmediata contra los Pájaros.
- No podréis
libraros de mí, Lanest. Al contrario del Qvant, no estoy simplemente conectado
a la computadora por una línea que vosotros podáis cortar. Estoy dentro de
ella.
Lanest sonrió
sin alegría.
- Computadora,
conócete a ti misma - dijo.
Martels miró
hacia dentro. El conocimiento necesario brotó inmediata y obedientemente a su
atención, y él lo estudió con creciente desaliento. Lanest tenía realmente la
sartén por el mango. Sólo tenía que matar a Tlam/Qvant y esperar lo suficiente
para que el fantasma del Autarca se consumiera en la impotencia. Luego podía
borrar a Martels de la máquina con una simple sobrecarga de energía, como si
realizara algo equivalente a una lobectomía. Martels podía volver a erigir la
zona de interferencias contra esto, desde luego, pero no podría mantenerla para
siempre. Lo mejor que podía esperar eran unas tablas, manteniendo una
vigilancia continua.
Y tarde o
temprano, probablemente mucho más temprano que en el caso del Qvant, se
encontraría arrastrado a los Senderos juganéticos, uno de los cuales había
cruzado ya casi hasta el desastre. A partir de entonces, los hombres de la
Antártida se librarían de las dos molestas inteligencias y volverían a disponer
de su necia y obediente computadora.
Aquello no les
haría ningún bien alargo plazo, desde luego, pero a menos de que Martels
pudiera ofrecer alguna estrategia contra los Pájaros, no estaría allí para
decir: «ya os lo había advertido».
- Comprendo el
problema - dijo -. Muy bien, Lanest. Vamos hacer un trato.
12
En la
caja-cerebro en el museo de Rawson, transcurrieron los años. Transcurrieron
diez, veinte, cincuenta, cien años, hasta que Martels empezó a creer que se
había perdido.
Había
ocasionales distracciones. La zumbante casi sonambulística presencia del Qvant
ya no estaba con él, desde luego. Los hombres de la Antártida habían seguido al
pie de la letra el consejo de Martels de que el tribual fuera puesto en hielo,
y Tlam y el Autarca se encontraban ahora en estado de hibernación. La computado
volvía a funcionar a pleno rendimiento, y su línea hasta la caja cerebro había
sido restablecida, de modo que Martels podía participar en cualquier momento
que deseara en las tareas normales de la máquina para resolver problemas, y
hablar a las sucesivas generaciones de los hombres que cuidaban de ella más al
sur. Era interesante, también, comprobar que los hombres de la Antártida
envejecían mucho. La nieta de Anbler estaba ahora en el estrado, pero la propia
Anbler se dejaba ver aún en alguna ocasión, vieja pero no carente del todo de
vigor. Lanest seguía también con vida aunque débil.
Pero la tarea
de organizar a los tribuales - la misma que Martels había propuesto hacía
muchísimo tiempo a un desdeñoso Qvant -: era muy lenta. Tardó dos décadas en
extender entre los tribuales la noticia de que la caja-cerebro volvía a hablar,
y otra en convencerles (ya que la desgracia y el exilio de Tlam era ahora una
leyenda, reforzada por su fracaso al no dejar detrás de él ni siquiera el
rastro de un fantasma) de que no había ningún peligro en acercarse a él; que
sólo había regresado para ayudarles. Por entonces, también, Martels casi había
olvidado la costumbre del Qvant de hablar por, medio de parábolas, lo cual
seguía siendo la única clase de consejo que los tribuales sabían comprender.
Resultó,
también, que había otras dos ciudades en el mundo ocupadas por los
supervivientes de Renacimiento III, y que poseían algunos recursos energéticos
que podrían ser necesarios. Las dos eran pequeñas, y las dos se encontraban en
lo que había sido América del Sur - todo el resto del mundo era propiedad de
los Pájaros -. Integrarlas en la red y en el Plan requirió unos cuantos años de
atención. A medida que transcurrían las décadas, Martels se sentía arrastrado
con creciente intensidad a lo largo de los Senderos, cada vez más seducido por
la utilidad del poderoso Símbolo o modelo de aquel original platónico de toda
sensibilidad que la computadora representaba.
Luego estalló
la tormenta. Los Pájaros no podían haber cronometrado mejor su ataque. Como el
Qvant antes que él, Martels estaba ya deslizándose, en hipnotizada fascinación,
en el estado M, ayudado por los diagramas en los cuales el Símbolo se
presentaba a él. Cuando regresaba al estado A, y con él a su antiguo concepto
de la realidad, el cielo era un enjambre negro, las dos ciudades subsidiarias
de Renacimiento III habían caído tras una breve lucha, y los fantasmas de los
tribuales de Renacimiento IV se estaban consumiendo, lloriqueando hacia el
Origen en atormentadas e inútiles hordas. Bombas y torpedos, colocados por unos
malignos descendientes de los cómicos pingüinos de la época de Martels,
cortaron todas las comunicaciones entre la Antártida y sus escasos puestos
avanzados entre las islas en el extremo del continente; otras cayeron de las
garras de escuadrones de animales semejantes a albatros que navegaban por los
aires mucho mejor que cualquier hombre.
Pero a largo
plazo, el planeamiento humano dio mejor resultado. La línea desde la
computadora a la caja-cerebro permaneció intacta mientras Martels reorganizaba
sus fuerzas apresuradamente. Poderosas aeronaves tomaron represalias; y de un laboratorio
subterráneo, insospechado, en la Tierra del Fuego, fueron soltadas unas
versiones ancestrales de los pájaros de la época de Martels, portadoras de una
plaga, del mismo modo que los australianos humanos habían implantado en cierta
ocasión un virus de la mixomatosis entre los supernumerosos conejos.
Los Pájaros
empezaron a caer del cielo como una lluvia de muerte. Su último ataque fue
increíblemente feroz, pero ya sin esperanza, dado que en aquel momento la línea
entre la computadora y la caja-cerebro fue cortada de nuevo, dejando la
inteligencia de Martels más libre de lo que nunca había estado la del Qvant.
Apoyado por dos substratos y amplificado por todos sus recursos energéticos,
invadió y confundió la mente del Rey de los Pájaros reinante. El ataque terminó
con un rotundo fracaso.
Al final del
siglo del pleno verano, la última oportunidad de los Pájaros se había
desvanecido. Su organización quedó aplastada, sus nacientes tecnologías en
ruinas, sus esperanzas de dominar al hombre convertidas en un sueño imposible.
Los glaciares terminarían ahora definitivamente con la amenaza que habían
representado.
Había empezado
el Renacimiento V.
Martels
presentó su factura. Llamaron a Lanest, a pesar de lo viejo que era, para que
intentara disuadirle.
- Desde luego,
podemos devolverte a tu época, si aún lo deseas - dijo la temblorosa voz a
través del micrófono del estrado -. El asunto fue estudiado a fondo
recientemente, con la computadora, mientras estabas desconectado de ella. Pero,
reflexiona: nosotros tenemos ahora confianza en ti, y creemos que eres una
inteligencia mucho mejor que la del Qvant para habitar en la computadora.
Además, si nos abandonas nos veremos obligados a revivir al Qvant o a
asesinarle, y ninguna de las dos cosas nos resulta agradable. Te pedimos que te
quedes con nosotros.
Martels repasó
la memoria de la computadora, un proceso que duró sólo un segundo, pero que le
dio mucho que pensar. Seguía siendo cierto que el cálculo mecánico puede ser
casi instantáneo, pero que el verdadero pensamiento humano requiere un tiempo
finito.
- Comprendo. La
situación es que podéis devolverme al momento en que resbalé y caí en mi
absurdo telescopio. Al parecer me llevaría conmigo todo mi conocimiento, y
después de todo no resbalaría cuando llegara el momento. ¿Lo ves tú también
así, Lanest?
- En parte -
dijo Lanest, casi en un susurro -. Hay algo más.
- Por supuesto
que hay algo más. Quería comprobar si ibas a decírmelo, honradamente. Y te
agradezco tu sinceridad. Pero explícame el resto de la situación, tal como la
ves tú.
- Se trata
de..., de que tu conocimiento adicional sólo durará una fracción de segundo.
Nosotros no podemos hacerte regresar, salvarte del accidente y conservar en ti
todo lo que has aprendido, todo al mismo tiempo. Existe una paradoja en las
líneas del mundo que no podemos superar. Una vez no hayas caído, el
conocimiento se desvanecerá. Y es más: nunca habrás llegado a nuestro siglo, y
todos los beneficios que tú has hecho posibles quedarán anulados.
- En mi siglo -
dijo Martels hoscamente -, yo hubiera llamado a eso chantaje. Chantaje
emocional, desde luego, pero chantaje, a fin de cuentas.
- Nada más
lejos de nuestro ánimo - susurró Lanest -. Estamos completamente dispuestos, en
cualquier caso, a pagar el precio, sea cual sea tu decisión. Pero creemos que
ninguna intervención fuera del tiempo puede provocar una alteración permanente
en las líneas del mundo. Si te marcharas a... casa... la ilusión del cambio
quedaría destruida un poco antes, sencillamente. Nosotros deseamos conservarte por
ti mismo, no por tus efectos.
Aquél era un
tipo de chantaje mucho peor..., aunque Martels quiso creer que Lanest no se
daba cuenta de ello.
- Y si me
quedo, ¿cómo evitaréis que ejerza tales efectos?
- Eso es
cuestión nuestra. Tú tienes la capacidad. Nosotros te introduciríamos en un
niño por nacer. La nieta de Anble ha sido embarazada sólo para este propósito.
Lo olvidarás todo, desde luego: eso es necesario. Pero tendrás otra vida
completa para vivirla, y para convertirte en el hombre de nuestra época que
nunca podrías ser del todo si continuaras como hasta ahora.
- Sí..., y
tener un cuerpo otra vez, lleno de sentidos y apetitos humanos..., a costa de
caer por el telescopio del tiempo en núcleo mismo del Origen, una vez más... ¿Y
qué pasará con el Qvant? - inquirió Martels -. ¿Y con Tlam, una víctima
inocente de todo esto?
- Han
permanecido en el olvido durante muchísimo tiempo. Si mueren ahora, nunca
conocerán la diferencia.
- Pero yo sí. Y
no lo considero justo. Yo soy el usurpador: he ocupado sus tres mentes, y he
roto sus Senderos. Lo consideraría un crimen, aunque no una clase de crimen que
pudiera haber imaginado en el remoto pasado... Muy bien, Lanest. Me quedaré.
Pero con una condición: debes permitirles volver.
- ¿Permitirles
volver? - dijo Lanest -. Pero, ¿cómo?
- Me he
expresado mal. He querido decir que debes hacerles revivir. Yo les permitiré
volver.
- De modo -
dijo la voz familiar - que volvemos a estar juntos..., y ahora en buena
amistad, al parecer, y en nuestras propias esferas. Felicidades.
- ¿De veras? -
dijo Martels -. Yo temo aún tu odio.
- Yo también
puedo aprender de la experiencia - dijo la voz, entre irónica y divertida -. Y
estoy en deuda contigo por haberme devuelto a mi máquina, cosa que nunca
hubiera logrado por mí mismo. Algún día, dentro de mucho tiempo, exploraremos
juntos los Senderos. Pero no hay prisa. Antes tenemos que reeducar a los pocos
hombres que quedan.
- Exacto. - En
la inmensurable distancia, captaron juntos el asombro maravillado de Tlam,
empezando a comprender por primera vez la naturaleza de la libertad -. Y...,
gracias, Qvant.
- Nosotros ya
no somos el Qvant - dijo la voz -. Ahora somos el Quinx..., el Autarca de
Renacimiento Cinco.
Martels tardó
largo rato en asimilar aquella parábola.
- ¿Nosotros? -
dijo -. ¿Es... así como te ocurrió a ti también?
- Sí. Nunca
volveremos a emerger del Vacío, ninguno de nosotros. Tenemos que aprender, a
través de todos los peligros y tentaciones, a amar nuestra inmortalidad, de
modo que otros hombres sean libres para seguir los Senderos cuyos términos
nunca veremos. Caeremos a menudo, pero también nos levantaremos, dentro de las
ruedas. Si tenemos éxito, algún día seremos llamados el Sixt..., y, así
sucesivamente, realidad sin fin. Para nosotros, eso debe ser suficiente.
Se produjo otro
silencio interior, en el cual Tlam se removió, preguntándose aún si se había
convertido en un antepasado. Aprendería; tendría que hacerlo...
- Creo - dijo
Martels - que incluso podría llegar a gustarme.
FIN
Edición digital de Daniel
sierras de Córdoba